03 enero 2016

Capitán Waleo capítulo 1

La nave Entrom-Hetida sin duda era vieja, muy vieja. De hecho era tan vieja que casi nadie sabía como funcionaba. La Entrom-Hetida era un artefacto fabricado por los Wikis, y éstos habían desaparecido hacía ya medio millón de años, dejando tan sólo restos dispersos aquí y allá por toda la Galaxia.
      Uno de esos restos fue adquirido, como chatarra, por el Capitán Xujlius Waleo, de Ares-V. Su primera intención había sido fundir el metal y venderlo en lingotes, pero entre sus oficiales estaba Gram Dixim-Owurro y éste le aseguró que podía reparar la nave hasta dejarla operativa.
      El oficial ingeniero Gram Dixim-Owurro era otro elemento desconocido. Nadie sabía cual era su mundo de procedencia. Algunos decían que venía de M-31, la galaxia vecina, otros que era un Wiki superviviente; incluso que era un híbrido ilegal entre xenoviano y fruteza, dos especies enemigas del núcleo. Él nunca negaba cualquiera de esas afirmaciones, y como eran evidentemente incompatibles todo el mundo se quedaba sin saber de dónde procedía; lo que él tampoco decía, por supuesto.
      Como fuera, el extraño ingeniero tenía una capacidad increíble para arreglar cualquier mecanismo. Waleo lo sabía bien, pues más de una vez Dixim-Owurro le había salvado de muchos apuros. Confiaba tanto en él que vendió su vieja nave y con lo que consiguió en la operación adquirió las piezas que Dixim-Owurro le fue diciendo. En poco tiempo, la chatarra funcionaba y recibía su bautizo.
      Pero eso significaba que si Dixim-Owurro se enfermaba, nadie era capaz de arreglar ni un solo remache en la nave. Y el ingeniero estaba más de la mitad del tiempo en su camarote, enfermo. Se decía que era sicosomático, que lo suyo era pura hipocondría, pero para el caso daba lo mismo.
      Eso sí, si existía un peligro real, la enfermedad desaparecía y Dixim-Owurro se dejaba las escamas de su cola hasta que la nave estaba nuevamente funcionando.
      Pero no valía inventarse los peligros para que el ingeniero abandonara su camarote. El Capitán Waleo lo sabía bien, y ya ni siquiera lo intentaba.
      No obstante, siempre había algún recluta novato que creía que inventando una posible colisión con un agujero negro podía conseguir que su calentador de microondas funcionara; al final debía conformarse con tomar el café frío.

La nave salió del hiperespacio con una fuerte sacudida. Waleo no tuvo necesidad de comprobar los mensajes de avería para saber que el hipermotor estaba averiado.
      —¡Dixim-Owurro, espabila que tienes trabajo! —gritó por el intercomunicador.
      El aludido apareció con las plumas del torso desarregladas. Leyó las pantallas y se puso a mascarse las garras de las patas intermedias.
      —Capitán, ¡ya te dije que aquellos intromisores eran de mala calidad!
      —¡Calla, Gram, que por los buenos pedían cinco millones y da gracias a que tenía los trecientos mil que me cobraron por esos!
      —Baratos y de mala calidad, ¿qué se puede esperar? Y dudo mucho que por aquí podamos conseguir unos en buen estado.
      —Ni en mal estado ni de ninguna forma. Estamos en territorio vacío.
      —¿No me digas que tendré que improvisarlos? ¡Eso es peor que poner unos intromisores de 300.000 créditos!
      —Voy a ver lo que localizo en el registro de largo alcance, pero me parece que no hay nada.
      El registro de largo alcance le dio la razón al capitán. Estaban muy cerca de una nebulosa, y aparte de ellas sólo se apreciaban estrellas inadecuadas: dos gigantes azules, diez enanas rojas y veinticinco enanas marrones. Además, algunos planemos y otros cuerpos fríos.
      Nada donde pudiera haber alguna civilización.
      ¡No importaba! A veces había grupos que preferían vivir en tales lugares, lejos de cualquier contacto. Claro que no solían ser muy amigables…
      De todos modos, el capitán estaba obligado a explorar todo el registro de señales.
      No encontró nada. Ni siquiera una colonia pirata.
      Aunque había una señal muy tenue proveniente del otro lado de la nebulosa.
      Sin los intromisores apenas podían moverse lo justo para rodearla. Cruzando los dedos, mientras el ingeniero trabajaba en los hipermotores, llegaron al otro lado de la nebulosa.
      Había lo que parecía ser otra nebulosa, pero más pequeña y compacta. De hecho tenía una forma vagamente parecida a un ser inteligente, sólo que medía medio año luz de un extremo a otro.
      El Captán Waleo saltó de su asiento cuando cayó en la cuenta.
      —¡Ya sé lo que es eso! —dijo—. ¡Es una Madre Estelar!
      El navegante Jajá Jojó, siempre tan serio, preguntó: —disculpe, Capitán, pero, ¿qué es una Madre Estelar?
      —Hace estrellas. Viaja por toda la Galaxia y se detiene en las nebulosas adecuadas para construir estrellas. Le gustan, sobre todo, las amarillas porque producen vida.
      No le seducía la idea, pero decidió llamar al robot 8UM4N05. Waleo odiaba tanto su autosuficiencia como su aspecto humanoide.
      —8U, tengo un trabajo para ti.
      —Siempre estoy a su servicio, capitán —dijo el robot con su voz metálica—. Pero sospecho que si me ha llamado es porque se trata de algo que ningún tripulante de la nave es capaz de hacer.
      Waleo no dijo nada. Tenía razón, por supuesto.
      —Bien, 8U, hemos localizado una Madre Estelar y necesitamos intromisores en buen estado para poder proseguir nuestro viaje hasta Gut'wendi. ¿Se te ocurre algo?
      —Dado que ha solicitado mi ayuda, deduzco que no hay posibilidad de conseguirlos en alguna colonia cercana. En otras palabras, que no hay mundos habitados por estos alrededores. El único ser detectado es la Madre Estelar. ¿Me equivoco?
      Sabía que estaba en lo cierto. Preguntaba por educación.
      —No te equivocas. Hay que conseguirlos de la Madre Estelar.
      —Entiendo. Necesito los planos de un intromisor.
      El capitán se acercó a la consola del ordenador central. Apareció la imagen holográfica de una mujer escultural, semidesnuda.
      —¡Lisandra, quita eso! —ordenó el capitán.
      —Como gustes, Xujlius. Ya veo que estás en el puente. No me avisaste y creí que deseabas seguir con la fantasía erótica.
      Ahora, la imagen seguía siendo de una mujer, pero vestida correctamente como oficial del espacio.
      —A sus órdenes, capitán.
      —Dale a 8UM4N05 los planos de un intromisor con todos los detalles que sea necesario. Pero sólo está autorizado a copiar esa información.
      —Recibido.
      El robot emitió su conector universal y lo conectó a la toma de datos que se abrió en un lateral de la consola.
      La imagen holográfica mostraba cara de placer y se oía un sonido, muy bajo, de gemidos.
      El capitán decidió hacer como que no oía aquello. El humor de Lisandra, la computadora central, era muy peculiar, y si le llevaba la contraria, igual se enfurruñaba y no le hacía caso. Y con la nave inmovilizada, podría ser peligroso.

8UM4N05 completó la transferencia de datos con un gemido de satisfacción, y soltó su conector. Lisandra exclamó: —¡ha estado muy bien!—, a lo que el robot no dijo nada.
      Sin decir palabra, se dirigió a la pantalla, donde se podía ver la Madre Estelar.
      Estudió con mucha atención la imagen. Tenía que localizar los puntos sensoriales y evitar los de ingestión. En los primeros podría entablar comunicación y si se acercaba a los segundos podrían acabar sus días pues sería, literalmente, comido.
      Sin más, 8U caminó hacia la esclusa de salida. No necesitaba traje espacial, ni tampoco nave lanzadera, aunque tuviera que recorrer millones de kilómetros.
      La esclusa completó su ciclo. 8U estaba en el vacío.
      Activó sus propulsores.
      La Madre Estelar aparecía ante él, enorme. Tenía una forma poco definida, pero era una ilusión. 8U sabía bien que tenía una estructura comparable a cualquier ser vivo orgánico, si parecía no tenerla era por el efecto de la escala: era tan grande que no se apreciaban los detalles.
      Pero allí estaba un punto de ingestión, como un enorme túnel oscuro que absorbía la materia estelar. Podría absorber la Entrom-Hetida, tal vez con un eructo; y lo mismo podría absorber al robot, casi sin darse cuenta.
      Evitando el túnel, orientó sus motores para seguir una órbita que le alejara. Vio lo que parecía una antena de insecto.
      Era un punto sensorial, y estaba a sólo cinco mil kilómetros de distancia.
      Eso sí, a seiscientos kilómetros había otro túnel, otro punto de ingestión. Debía dar un rodeo.
      De cerca, el sensor parecía una nube espesa, de color blanquecino con brillo opalino.
      8U emitió su señal. La petición de auxilio universal.
      «S O S»
      La Madre respondió.
      «O S O»
      ¡Perfecto! Había captado el mensaje. Ahora debía transmitir los planos del intromisor y especificar el número de unidades.
      Las Madres Estelares se dedican a fabricar estrellas porque es lo más simple: basta con acumular un montón de hidrógeno. Pero adoran la vida y a los seres vivos. Si un ser vivo evita ser tragado (como cualquier asteroide) y se acerca a un punto sensorial, podrá tener la oportunidad de que la Madre le fabrique lo que desee, siempre y cuando consiga que la Madre comprenda su mensaje.
      Por supuesto, 8UM4N05 conocía el lenguaje de las Madres Estelares, al igual que otros cinco millones de lenguajes de la Galaxia. Algo que ningún tripulante de la nave, orgánico o electrónico, podía hacer. Sólo el robot 8U.
      Terminó su mensaje con los planos de un intromisor, con un número, 8.
      Y del túnel de ingestión salieron, eyectados, ocho intromisores en perfecto estado, nuevos por completo. 8U los recogió, atándolos con el cable que siempre llevaba y se alejó del punto de ingestión: aunque acababa de eyectar los intromisores, podría pasar a modo absorción en cualquier instante.
      Minutos más tarde, se detenía ante la esclusa de la nave.
      —Necesito que abran las compuertas —transmitió. Los intromisores eran demasiado grandes para pasarlos por la esclusa.
      Lisandra captó el mensaje y abrió las compuertas del garaje. Por allí entró 8U.
      Gram Dixim-Owurro esperaba en el interior. Con su traje espacial, parecía un dinosaurio de tamaño mediano.
      No dijo ni gracias. Recogió uno de los intromisores, mientras dejaba que los auxiliares guardaran los demás en el recinto de los repuestos.
      Mientras colocaba el intromisor, el capitán Waleo se retiró a su camarote y recuperó la fantasía que Lisandra le había mostrado en el puente.
      El ingeniero Dixim-Owurro tuvo que instalar cuatro intromisores nuevos, hasta que pudo anunciar al capitán que la nave era, de nuevo, operativa.
      Siguieron viaje hacia Gut'wendi.

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