12 octubre 2016

Capitán Waleo capítulo 14

Xujlius Waleo dormía en su camarote. Soñaba con seis odaliscas, jóvenes y guapas, que le ofrecían toda clase de placeres. Estaba a punto de tomar con la mano una uva que le iba a entregar una chica de rasgos asiáticos, cuando sonó la alarma.
      —¡Capitán, tenemos una emergencia a bordo! —dijo Lisandra, la computadora.
      —¡Mierda! En un minuto estaré en el puente.
      Y justo sesenta segundos después, el capitán Waleo se presentaba en el puente de la nave Entrom-Hetida.
      —¡Quiero un informe detallado, de inmediato! —ordenó.
      Al mando estaba de guardia el oficial Mal'Mbo Ta'Rte, un selenoide de Orfeo-II. Giró sus pedúnculos oculares al llegar el capitán. No dijo nada por el hecho de que tuviera los pantalones y la camisa del revés y cuadrándose sobre sus cuatro patas dijo:
      —¡Capitán! ¡Hemos salido del hiperespacio fuera de las coordenadas conocidas!
      —¿Territorio desconocido? Eso no es de extrañar, si estamos explorando. No es motivo para despertarme y...
      —Disculpe si me atrevo a interrumpirle, capitán, pero son las coordenadas las que desconocemos. Es decir, que no sabemos dónde estamos.
      —Lisandra, ¡dame las coordenadas!
      —Coordenadas desconocidas, capitán. No hay datos para establecer la posición de la nave.
      —¡Por los Wikis! ¿Y no hay forma de averiguarla?
      —En eso estamos, capitán —replicó el oficial—. Estamos estudiando las estrellas más cercanas, a ver si reconocemos el espectro de alguna.
      —¡Que venga 8UM4NO5 y preste su colaboración! ¡Pero en silencio!
      Incluso con la ayuda del robot, tardaron varias horas en localizar su posición en el espacio.
      —¡Estamos en medio del territorio chingón! —informó el robot.
      —¡Ya lo sabía! —replicó el capitán, contento porque por una vez había superado al robot.
      Y es que, en efecto, la pantalla mostraba varias naves chingonas, más de un centenar, que habían rodeado a la Entrom-Hetida.
      Con su típica forma de disco unido a una especie de tirachinas, eran fácilmente reconocibles como pertenecientes al enemigo: la Confederación Galáctica.
      La imagen holográfica de un chingón apareció en el puente.
      —¡Ándale! ¡Me llamo Lupito Cantautor y soy el padre más padre de todos los chingones! Me pregunto qué diablos hace por aquí una nave de la Federación, ¿o es que están ustedes perdidos?
      —Soy Xujlius Waleo, capitán de la nave Entrom-Hetida, código EH876-C. En efecto, estamos perdidos.
      —¡Ándale! Si eso es evidente, porque en cuanto disparemos les barreremos del espacio. ¡Claro que están perdidos! ¿Tiene algo que decir, capitán Waleo antes de que disparemos nuestros rayos chingones?
      —Disculpe, capitán Cantautor. Supongo que puedo llamarlo capitán, ¿no?
      —¡Nada d'eso! Soy padre, y así debe llamarme. Padre Lupito.
      —Pues Padre Lupito, cuando dije que estábamos perdidos me refería a la expresión literal. Hemos salido del hiperespacio en este lugar sin saber cómo. Y hemos tardado varias horas en descubrir que, sin querer, habíamos invadido vuestro territorio. Si nos dejara marcharnos sin más...
      —¡Ándale! ¡Sin más, dice el chamaco! No vamos a permitir que una nave federada entre así sin más. ¡Vamos a machacarles!
      Viendo que el intercambio de mensajes no conducía a nada, el capitán Waleo ordenó cortar la comunicación.
      —¡Activen rayos fantasmas! —ordenó—. ¡Disparen pedos-Thor!
      De inmediato, más de quinientas copias de la Entrom-Hetida empezaron a disparar a las naves chingonas.
      Las naves fantasmas acabaron con muchas de las naves chingonas, pero éstas también destruyeron numerosas naves fantasmas.
      En pocos segundos, el espacio quedó sembrado de restos, tanto de las naves fantasmas como de las chingonas.
      Por desgracia, la nave del Padre Lupito había identificado a la auténtica Entrom-Hetida. Lanzó un rayo rechingón que congeló a media tripulación.
      Todas las naves fantasmas desaparecieron de inmediato, y con ellas casi todas las naves chingonas, que ya habían sido destruidas por pedos-Thor.
      Lisandra estaba inoperativa. Con ella, tanto el capitán Waleo como el oficial Mal'Mbo permanecían inmóviles en el puente, junto con todos los tripulantes allí presentes.
      Solo en su camarote, el ingeniero Gram Dixim-Owurro comprendió que algo grave sucedía cuando notó el silencio brusco en la nave. Dejó de dolerle la cabeza de inmediato, como siempre que había una emergencia que requería sus servicios.
      Gram recorrió los pasillos y por todos lados pudo ver tripulantes congelados por el rayo rechingón. Sólo se encontró activo al soldado Rambo Tedexo Zeko, pues los runimorfos con inmunes a los rayos rechingones, como es sabido por todos. Lo mismo que el ingeniero, sólo que nadie sabe de dónde procede este último. Ordenó al soldado que le acompañara con su arma.
      En el puente, hasta el robot 8UM4NO5 estaba inmóvil, pero era porque no tenía órdenes que obedecer.
      —8UM4NO5, activa potencial de clonación —ordenó el ingeniero Dixim-Owurro.
      Al oír eso, Rambo Tedexo Zeko se estremeció de horror.
      En pantalla se podían ver siete naves chingonas, las que habían sobrevivido a la cruenta batalla. Una de ellas, por supuesto, era la del Padre Lupito.
      En pocos minutos, había siete copias del robot. Los ocho robots informaron al unísono:
      —¡Concluida la clonación a nivel siete!
      Si escuchar la desagradable voz del robot daba grima, oírla repetida ocho veces era una tortura insoportable.
      El ingeniero ordenó a cada clon del robot dirigirse a una de las naves chingonas. Una vez allí, procederían a destruirlas.
      Los siete clones salieron de la nave, moviéndose por el espacio gracias a sus motores propios. Cada uno logró entrar en una nave chingona.
      Veamos lo que sucedió en una de dichas naves:
      El robot entró y de inmediato se puso en contacto con el ordenador central chingón.
      —(Aquí robot 8UM4NO5 comunicando que la resistencia es inútil porque, de acuerdo con los planes de la Federación, el universo está destinado a ser suyo ya que dispone de potencial gravitatorio adecuado y asimismo porque ofrece mejores condiciones de afiliación, desde una perspectiva histórica que...)
      (Nota: en realidad, el robot lo que dijo fue: «KFIO455 DPPPOOÀLLOK 47855 LXDKSDKX XOLPÁÁK 455KIIKOKK POSKOEQWAE LOPERORTRTI...», pero ofrecemos la versión doblada, pues no es probable que el lector conozca el lenguaje chingón).
      El robot habló durante largo rato, horas y horas.
      Muy pronto, las naves chingonas fueron explotando, una tras otra.
      En la nave del Padre Lupito, el clon del robot seguía:
      —(...De acuerdo con el cálculo de probabilidades, la posibilidad de aparecer en un lugar aleatorio al salir del hiperespacio es mayor que cero, por lo tanto ha de ser considerada y lo correcto y adecuado sería ofrecer la posibilidad de una vuelta al territorio federado sin condiciones que...).
      —¡BASTAAAAAAAAAAAA! —gritó el Padre Lupito—. ¡Pónganme en comunicación con esos tarados de la nave federada! ¡Y que se calle ese robot!
      La imagen del padre Lupito apareció otra vez en el puente de la Entrom-Hetida.
      A diferencia de la vez anterior, Lupito Cantautor ahora presentaba la cara demacrada y la voz temblorosa, sin ese aspecto jactancioso del anterior contacto.
      —¡Capitán Waleo! ¡Me ha derrotado! ¡Pueden largarse de inmediato, sin temer más ataques chingones!
      El capitán Waleo había despertado del efecto del rayo rechingón. Al mismo tiempo, todos los tripulantes dormidos se iban despertando.
      —¡Por los Wikis! —exclamó Xujlius Waleo—. ¿No podía esperar a ver lo que quería aquella joven? Estaba muy buena y dijo que... ¡Perdón!
      La mirada de Gram Dixim-Owurro era significativa. No le interesaban un solo átomo los sueños eróticos del capitán.
      Lisandra también estaba operativa, he hizo una revisión a fondo de todos los sistemas.
      —Padre Lupito —dijo el capitán a la imagen holográfica del líder chingón—. ¿Me da usted plenas garantías de que podemos retirarnos a territorio de la Federación sin ser atacados? Prometemos hacerlo de inmediato, pasando al hiperespacio.
      —¡Las tendrá, capitán Waleo, en cuanto haya desaparecido este robot hijo de mala madre!
      Xujlius Waleo hizo una seña a Gram Dixim-Owurro.
      —8UM4NO5, ¡destrucción de clones! —ordenó el oficial ingeniero.
      En la otra nave, el clon del robot se volvió humo. En la Entrom-Hetida, casi todos lamentaron que dicha orden no fuera efectiva para la unidad original, que aún estaba en el puente.
      Lupito Cantautor respiró aliviado, y cortó la comunicación.
      La nave de la Confederación se esfumó en el hiperespacio.
      Y lo mismo hizo la Entrom-Hetida.
      —Salto a coordenadas conocidas —informó Lisandra.
      El robot 8UM4NO5 seguía en el puente. Tenía que transmitir un extenso informe a la computadora, así que emitió su conector y lo enchufó al acople de datos.
      La mayoría de los presentes en el puente prefirieron dejar solos al robot y la computadora, cuyos gemidos de placer eran insoportables.
      El oficial ingeniero Gram Dixim-Owurro se retiró a su camarote. Otra vez le dolía la cabeza, un dolor que le taladraba la espina dorsal. Tendría que llamar a ese inútil del médico Carlosantana, a ver si le recetaba algo que le pudiera calmar...

10 octubre 2016

Capitán Waleo capítulo 13

La nave Entrom-Hetida viajaba por el espacio, en busca de la aventura que haría el número 13 de estas crónicas.
      Tan pronto como vio ese número, el capitán Xujlius Waleo se puso en contacto con el autor.
      —¿No se podría cambiar ese número? No sé, poner 12+1, o saltar al 14. Es que soy muy supersticioso.
      —Ya sé que eres supersticioso, crees en la suerte, tanto buena como mala. Pero te fastidias, no lo cambiaré.
      El capitán meditaba en estas cuestiones cuando oyó un fuerte ruido. La nave dio un bandazo y frenó bruscamente.
      —Lisandra, ¡informe de situación! —pidió a la computadora.
      —No lo sé, capitán. Algo no funciona, pero todos los sistemas están en verde.
      —¿Cómo que no lo sabes?
      —Afirmativo. No encuentro fallo alguno.
      —¡Que venga 8UM4NO5! ¡Y llama a Gram Dixim-Owurro!
      El robot se presentó de inmediato.
      —Dada la situación anómala presente y la circunstancia inaudita de que solicite mi ayuda, capitán, deduzco que no tiene idea de lo que sucede —dijo el robot.
      —¡Silencio! Tienes razón, pero no hace falta que me lo restriegues. Ni Lisandra ha podido decírmelo.
      —Capitán —interrumpió Lisandra—. El oficial ingeniero no se puede presentar, porque tiene un dolor en el coxis que le mantiene inmóvil. Eso me ha dicho.
      —¡Dile a ese zoquete híbrido de Wiki que si voy a buscarlo lo haré venir a base de patadas en el coxis!
      —¡A la orden!
      —Y tú, robot, ¿sabes algo de lo que sucede?
      —El término correcto es «sospecho», capitán. No lo sé, pero tengo alguna idea, y debería contrastarla primero con el oficial ingeniero.
       El enorme corpachón emplumado del ingeniero apareció en el puente. Tenía los ojos demacrados, pero aparte de eso no parecía tener problemas para caminar, aunque fuera apoyando sus patas traseras en el enorme rabo.
      —¡Se presenta el oficial ingeniero Gram Dixim-Owurro, capitán!
      —Gram, delibera con 8UM4NO5 a ver si averiguan qué es lo que sucede, y luego lo arreglas. Yo estaré en mi camarote, esperando.
      —Necesitaré toda la potencia de Lisandra, capitán. No quedará para simulaciones…
      —¡Por todos los Wikis! ¡De acuerdo!
   
Durante largos minutos, horas incluso, 8UM4NO5 y Gram Dixim-Owurro revisaron toda la nave. El ingeniero estaba preocupado porque la nave estaba totalmente detenida; de hecho estaba sin escudos protectores y les sería muy difícil defenderse ante cualquier enemigo que pudiera aparecer. Pero no dijo nada porque con el mero hecho de decir lo que le preocupaba no solucionaría nada.
      Por fin encontraron que el flatimoyo principal estaba suelto. El robot mostró el lugar donde faltaba un tornillo.
      El ingeniero Dixim-Owurro lo observó bien, usando el tercer ojo, especializado en visión microscópica.
      —¡Por los Wikis del espacio central!—. ¡Es un modelo no estándar! Lisandra, ¡localiza en los depósitos un tornillo JLKW-45001474-X!
      —No hay existencias, oficial ingeniero.
      —¡Lo que me temía! 8UM4NO5, trae el «desarrollador de tornillos y tuercas» y metal en polvo para cargar.
      El robot se fue a cumplir el encargo.
      Mientras, el oficial ingeniero mascullaba su mala suerte. El susodicho tornillo era una rareza, de rosca inversa y tamaño no estándar. Al menos podrían fabricar uno con el desarrollador.
      El robot trajo consigo un extraño aparato de color rojo y verde. Tenía una tolva para la entrada de material y un pequeño hornillo donde se generaban las piezas producidas. Los datos se insertaban a través de un conector de datos.
      8UM4NO5 depositó polvo de metal en la tolva y la cerró. Luego sacó su conector y lo enchufó, con visible placer, en el receptáculo del aparato.
      Gimiendo de gusto y de forma escandalosa, el robot transmitió los datos para la pieza deseada. Para su desgracia, la conexión apenas duró unos segundos.
      La pieza ya estaba en el hornillo. Caliente, eso sí.
      El robot desconectó su cable a desgana.
      Gram Dixim-Owurro espero a que el tornillo se enfriara para colocar la pieza y sujetar el flatimoyo. Cuando lo hubo conseguido, ordenó al robot llevar el desarrollador a su sitio y a Lisandra poner en marcha la nave.
      La Entrom-Hetida arrancó con un fuerte estremecimiento y produciendo un ruido similar a un coche viejo. Pero había algo que no estaba bien.
      —Ingeniero oficial, revés al está todo —dijo Lisandra.
      —¡Wikis los por! —exclamó Gram.
      Ordenó a la computadora que detuviera la nave y fue a revisar el tornillo.
      En efecto, estaba colocado del revés.
      Tuvo que sacarlo y ponerlo de nuevo, asegurándose de que entraba en la posición adecuada.
      Por fin, repitió la orden a Lisandra.
      —¡Todo en orden, oficial ingeniero!
      Gram Dixim-Owurro se quedó tranquilo y pudo respirar. Ahora podría retirarse a su camarote y descansar, a ver si el dolor de coxis que le volvía se rebajaba a niveles tolerables.
      Sin embargo, aún quedaban obligaciones que cumplir. Fue al puente, a rendir su informe ante el capitán.
      Xujlius Waleo no estaba en el puente, estaba en su camarote, acostado, enfermo.
      De hecho, en el puente no había casi nadie, e incluso el oficial de guardia (Yon Willians) tenía el rostro demacrado y aguantaba en su puesto a duras penas.
      La enfermedad había atacado a casi todos los tripulantes, a pesar de ser de especies diferentes.
      El médico, Carlosantana, también estaba enfermo y no se podía contar con él, pues ni siquiera tenía idea de lo que pasaba.
      El oficial ingeniero consultó con Lisandra, pero la computadora también estaba afectada por un virus.
      Llamó a 8UM4NO5 quien vino tambaleándose y diciendo toda clase de tacos y palabras absurdas. ¡También estaba infectado por un virus!
      Dixim-Owurro lo entendió de repente. ¡Sus temores se habían hecho realidad!
      Mientras la nave había estado apagada, sin defensas, un virus espacial se había metido en sus entrañas. Eran la especialidad de los enemigos de la Federación, y en particular los rumalianos y los chingones los dispersaban por el espacio siempre que podían. Este virus en particular parecía ser obra de los chingones, pues afectaba tanto a seres orgánicos como electrónicos.
      Sólo había un remedio para ello. El ingeniero se acercó a la parte trasera del puente, donde se hallaba un enorme botón rojo con un cartel bien visible: «PARA PULSAR EN CASO DE VIRUS ESPACIAL CHINGÓN».
      Gram Dixim-Owurro, sintiéndose afortunado por no pillar el virus (efecto de su peculiar naturaleza), pulsó el botón.
      De inmediato sonó una alarma en tonos muy agudos. De la parte inferior del botón brotó un gas verdoso que se dispersó con rapidez por toda la nave.
      Muy pronto, todos los tripulantes, orgánicos y electrónicos, sintieron una sensación muy peculiar, incluso quienes no habían contraído el virus. La excepción fue el oficial ingeniero, el cual sólo sintió el curioso dolor del coxis, que ahora volvía a aparecer.
      El capitán se levantó de su cama y fue caminando, despacio pues aún no había recuperado sus fuerzas por completo. Llegó al puente y felicitó a Gram Dixim-Owurro, quien por fin pudo retirarse a disfrutar de su dolor de coxis.
      La computadora Lisandra informó de que sus sistemas antivirus le daban informe negativo, lo mismo que el robot 8UM4NO5 y otros robots menores.
      Añadió Lisandra:
      —Capitán, he recibido una transmisión mientras estábamos desactivados.
      —Espero que la hayas revisado a fondo en busca de virus.
      —¡Eso está hecho!
      —Bien, ponla.
      Apareció la imagen tridimensional de un pioforme de Regulus-IV que dijo:
      —¡Felicidades, tripulantes! Vuestra nave ha salido afortunada en el sorteo planetario de Regulus. Entre más de un millón de participantes, esta nave ha sido elegida para recibir el mayor premio repartido jamás en la Federación. ¡Os ha tocado nada menos que un planeta! Y no se trata de un planeta cualquiera, es el planeta Titanic, un mundo libre de habitantes pero lleno de titanio. ¡Sí! Habéis ganado un mundo repleto de titanio.
      El capitán Waleo oyó el alegato con sentimientos encontrados. Como capitán de la nave, y dueño de ella en su mayor parte, le tocaba el mayor trozo del planeta. Y, sin duda, el titanio era un metal muy valioso, que podrían aprovechar.
      Pero a la vez sentía una rabia tremenda. ¡Ya era mala suerte!
      Podría haberle tocado un planeta de diamante, o repleto de cualquier otra piedra valiosa.
      Pero ¡titanio! ¡Semejante vulgaridad! Hasta vergüenza le daría decirlo a sus amigos y compatriotas.
      ¡Vaya mala suerte!


08 octubre 2016

Capitán Waleo capítulo 12

La nave Entrom-Hetida viajaba por territorio desconocido para la Federación. El capitán Waleo y los tripulantes buscaban nuevas civilizaciones que incorporar a la Federación, pues cada uno recibiría un bono para gastar en el Centro Super-Galaxy; cuanto más fueran los nuevos miembros, más valor tendría el bono. Xujlius Waleo, en particular, esperaba tener suficiente para un nuevo módulo holográfico con olores que incorporaría a Lisandra, la computadora.
      Mientras, las simulaciones de Lisandra serían sin olores. Una lástima, pero no por ello eran buenas simulaciones. Muy estimulantes…
      Como el capitán estaba en su camarote, al mando estaba el oficial Keito Nimoda.
      El auxiliar Fresntgongo detectó el nuevo planeta.
      —¡Nuevo planeta detectado! —dijo—. ¡Habitado por seres con tecnología de radio!
      —¡Estupendo! —exclamó Nimoda—. ¡Otlo pala el bote! ¡Avisen al capitán!
      Xujlius Waleo no se quedó nada contento cuando Lisandra suspendió la emulación, pero no se enfadó al comprender el motivo. Vistiéndose a toda prisa, corrió al puente.
      El oficial Nimoda lo miró con expresión divertida.
      —¡Capitán, tiene los pantalones al levés! —dijo en voz baja.
      —Ahora no importa. Quiero los datos de ese mundo.
      Lisandra comenzó a bombardearlo con datos de todo tipo.
      —¡Para ya, Lisandra! ¡Sólo me interesa saber su nivel tecnológico!
      —Tienen emisiones de radio, capitán, pero no hay objetos en órbita. Protocientífico, por lo tanto.
      —¡Perfecto! Que vaya una expedición de contacto. Nimoda, le toca a usted dirigirla.
      —¡Como oldene, capitán!
   
En la lanzadera A estaban el oficial Keito Nimoda, el sargento Aeiou Máxavelwurroketú, y cuatro soldados, uno de ellos Gaspakiwi Himoto. A este último le había tocado la camiseta roja, por lo que estaba más asustado que los demás.
      —Salgento, ponga lumbo al planeta —ordenó el oficial.
      Aeiou sonrió, pero no dijo nada. Le costó un poco entender al oficial, pero lo hizo y puso en marcha el pequeño vehículo, sin decir ni media palabra.
      La lanzadera salió en silencio del hangar, dejando atrás a la Entrom-Hetida. Muy pronto vieron la esfera azul y blanca del planeta bajo ellos.
      Entraron en la atmósfera, y el vehículo se puso a vibrar como si fuera a romperse. Pero todos ellos eran veteranos de muchos descensos planetarios: sabían que no había peligro alguno.
      Las paredes estaban al rojo vivo, pero por fuera. Dentro, todos sentían el frescor primaveral programado por el sargento, con opción a aroma de pino.
      Keito Nimoda odiaba ese olor.
      —¡Salgento, ponga aloma de flesas flescas! ¡Y suba tles glados la tempelatula!
      El sargento tardó unos segundos en captar la orden pero obedeció de inmediato.
      Entraron en unas nubes algodonosas, y el aparato se zarandeó un poco. El sargento siguió descendiendo y salió por debajo de la nube.
      Una lluvia intensa empapó el exterior de la lanzadera.
      —Lo siento, señor —dijo el sargento antes de que el tiquismiquis del oficial protestara—. Pero no he podido evitar esta lluvia.
      —No impolta. Atelice de una vez.
      El sargento Máxavelwurroketú vio una explanada libre de obstáculos y hacia allí dirigió la lanzadera. Aterrizó con toda suavidad, y ni Keito Nimoda pudo encontrar motivo para quejarse.
      Salieron protegidos con traje atmosférico, a prueba de lluvia. El traje era transparente, y el soldado Himoto era consciente de que su camiseta roja era visible, lo que lo señalaba como blanco ante cualquier situación de peligro.
      ¿Dónde estaban los habitantes? No se veía ni uno al menos a pocos metros. Cerca de la lanzadera sólo se apreciaban unos extraños árboles, más parecidos a helechos arborescentes que a otra cosa.
      Sobre los helechos apareció una enorme cabeza. Más bien, un enorme cuello que terminaba en una cabeza proporcionalmente pequeña. El bicho les observó y se limitó a seguir comiendo de las hojas, como si fuera normal que aterrizara una lanzadera de otro planeta.
      —¡Un dinosaulio! —exclamó Keito Nimoda.
      De pronto oyeron un grito terrorífico.
      —¡VILMAAAAA!
      Apareció un extraño objeto. Parecía un automóvil, pero estaba hecho de piedra y madera. Sus ruedas eran enormes cilindros de roca. En su interior iba un humanoide, vestido con pieles, de rasgos que recordaban a un neandertal terrestre.
      El humanoide frenó con sus pies descalzos al ver la lanzadera.
      El oficial Nimoda se puso delante con las manos abiertas. Postura «contacto» tipo A.
      El nativo se quedó mirando las manos vacías. Hurgó en la piel que le servía de vestido y sacó un par de discos de piedra, depositando uno en cada mano.
      —Sólo tengo dos piedracentavos para limosna —dijo con toda claridad.
      Keito se quedó atónito. Primero, porque le habían confundido con un pordiosero que pedía limosna. Segundo, porque el nativo hablaba la lengua galáctica a la perfección, sólo con un ligero acento.
      —Disculpe, señol, pelo yo no soy un poldioselo. Soy un homble del espacio, vengo de aliba, de las estlellas.
      —¡Vaya! ¡Encantado, homble-despacio! Yo me llamo Pedro Picarrocas. ¿Y todos esos son hombles-despacios?
      —¡No me ha complendido usted, señol! Bueno, vamos a vel, yo me llamo Keito Nimoda, señol Picalocas.
      —Picalocas, no. es Picarrocas.
      —¡Salgento, explíquelo usted!
      El sargento dio un paso al frente y tomó la palabra.
      —Ruego disculpe al oficial por su forma de hablar, señor Picarrocas. Se lo explicaré yo. Somos hombres del espacio, venimos de otros planetas en las estrellas. ¿Comprende usted lo que quiero decir? Yo soy el sargento Máxavelwurroketú y éstos son mis comandos, están bajo mi mando.
      El nativo les miró uno a uno.
      —La verdad es que son todos muy distintos. Bueno, ya que están aquí, ¿puede saberse qué se les ofrece?
      —Queremos ofrecerle a usted y su mundo la posibilidad de entrar en la asociación más grande de planetas de la galaxia, ¡la Federación!
      —Muy bonito. ¿Y qué ganamos nosotros con unirnos a vosotros, los de la Federación? Tal vez deberían ustedes saber que el otro día vino por aquí una nave parecida a la vuestra, pero de color verde, y uno de los que iba en ella, feo a rabiar, habló con mi primo Pablo Caliza…
      Todos se quedaron atónitos. ¡La Confederación se les había adelantado!
      —¿Llegalon a algún acueldo? —preguntó el oficial Nimoda.
      —Creo que no, porque según me dijo Pablo quedaron en volver otro día.
      Los demás respiraron tranquilos.
      De pronto, oyeron un ruido, algo así como un ladrido ronco, que sonó como un trueno. Tembló el suelo y todos los visitantes del espacio miraron hacia el cielo, para ver al causante de aquel terremoto.
      Era un dinosaurio de cinco metros de alto, y unos veinte desde la cabeza hasta el extremo de la cola.
      El monstruo dejó de saltar y corretear al llegar junto al nativo. Pero seguía meneando la cola, con grave peligro para todos.
      —¡Diplo! ¿Qué haces aquí? —preguntó Pedro Picarroca.
      El enorme animal miró a su dueño con gesto cariacontecido. Agachando la cabeza, se la sujetó con las patas delanteras, mientras el enorme rabo bajaba entre las patas traseras.
      Pedro Picarroca tuvo que irse a llevar a su gigantesca mascota.
      Keito Nimoda aprovechó para comunicarse con la nave. El capitán insistió en que había que conseguir la firma de aquella gente como fuera.
      —¡Aumenta la oferta! —sugirió—. ¡Ofréceles bonos descuento en Cibercompras!
      Nimoda aceptó. Tenía unos cuantos bonos, que esperaba usar por su cuenta, pero si el capitán lo ordenaba…
      Por fin, volvió el nativo Picarroca. Iba acompañado de otros dos nativos, un hombre y una mujer.
       —Este es el presidente Rocafina, hombre del espacio Nimoda. Está de acuerdo en firmar ese tratado, y por eso viene también la secretaria María Lapiedra.
      —Señol Locafina. Señola Lapiedla —Nimoda hizo una reverencia ante cada uno de los nativos.
      Hizo un gesto al sargento, quien sacó el documento de asociación. También preparó un bolígrafo modelo Núcleo Galáctico.
      Los nativos observaron con gesto extrañado el bolígrafo. Lapiedra lo comparó con el instrumento de madera que llevaba.
      —Curioso instrumento —dijo la chica.
      —Puede quedálselo, señola.
      Nimoda y Rocafina firmaron de forma solemne en sus respectivos lugares del documento. Nimoda usó el lápiz de madera ofrecido por la secretaria, asombrado por el primitivismo del instrumento.
      Tras la firma, Nimoda acompañó a los tres nativos en un rocabús descapotable, impulsado por los pies de varios nativos que empujaban.
      Visitaron las instalaciones de radio, donde Nimoda quedo atónito ante la mezcla de tecnologías: roca y madera, por un lado y electrónica de tubos de vacío por el otro.
      Para terminar, Nimoda repartió bonos descuento entre los presentes.
      Pedro Picarroca observó la tarjeta que le entregaron y cuando supo lo que era, gritó:
      —¡YAVADAVAYUUUUÚ!
      Keito Nimoda lo acompañó en su grito.

Capítulo 13
Enlace al capítulo 1

06 octubre 2016

Capitán Waleo capítulo 11

La nave Entrom-Hetida viajaba por una región desconocida del espacio. Su misión, descubrir nuevos mundos, y si alguno estaba habitado recomendarle su asociación a la Federación Galáctica; podría aprovechar una oferta inédita, y asociarse por muy poco dinero, en un tiempo récord. Pero la asociación express no se mantendría durante mucho tiempo, por eso había que darse prisa.
      Al mando estaba el oficial Yon Willians, de guardia en el puente. Del capitán Waleo nadie sabía nada, salvo Lisandra, pero estaba durmiendo.
      Como navegante, era el turno de Jajá Jojó, su rostro inexpresivo como siempre. Por eso no mostró expresión alguna cuando en la pantalla apareció un planeta desconocido.
      —¡Planeta desconocido en pantalla! —informó.
      Poco después, comprobaban que el planeta estaba habitado. Había que enviar una delegación.
      Se equipó la lanzadera A con cuatro soldados, al mando de Rambo Tedexo Zeko, un runimorfo del planeta Ignotus; tanto él como sus tres auxiliares vestían las camisetas rojas reglamentarias. Al mando se puso el oficial Yon Willians.
      Manejada con habilidad por Rambo Tedexo Zeko, la lanzadera se posó en una plaza muy iluminada. Cientos de luces flotaban por el aire, pero no se veía a nadie más.
      Yon Willians contemplaba los extraños edificios cuando notó que las luces se movían. No sólo eso, las luces rodearon la lanzadera y empezaron a hablar.
      El atónito oficial comprendió que aquellas luces ¡eran los habitantes del planeta! Sin duda, eran seres de energía, o tal vez de plasma.
      —¡Gran oferta de la Federación Galáctica! ¡Asóciese ahora y tendrá plenos derechos como miembro, en un tiempo muy breve y con el coste mínimo! ¡Y con el carnet de miembro federado podrá gozar de innumerables ventajas en las principales cadenas comerciales de la galaxia!…
      Y así siguió un buen rato Yon Willians, proclamando las ventajas de formar parte de la Federación. Hasta que fue interrumpido con brusquedad por una de las luces, que emitió un rayo y fundió uno de los altavoces de la lanzadera.
      —¡No nos interesa vuestra federación! —dijo, con voz metálica—. ¡Os vamos a destruir a todos!
      Rambo Tedexo Zeko despegó de inmediato.
      Volvieron a la nave a toda velocidad.
      Xujlius Waleo los recibió en el puente, donde Yon Willians rindió su informe.
      —Esto he de comunicarlo al Alto Mando —comentó el capitán.
      Lisandra llamó de inmediato al almirante Ñiki Muelax. El capitán Waleo esperaba pillarlo en condiciones inapropiadas, como a menudo le sucedía a él cuando el almirante le llamaba.
      De hecho, el almirante estaba comiendo, eso sí vestido de uniforme riguroso, para decepción de Xujlius.
      De todos modos, ver comer a un juiniano es muy desagradable. El capitán sintió que sus tripas se revolvían mientras daba el informe de lo sucedido.
      —Y no tienen interés en la Federación, almirante, aparte de que constituyen un peligro. No podemos atacarles con nuestras armas si son seres de puro plasma.
      —Pues busque la forma, capitán. Esa gente, si no está en la Federación, es muy peligrosa, hay que destruirles de inmediato. ¿Se imagina que se asocien con los Confederados Galácticos?
      Xujlius se estremeció otra vez.
      —¡Sería terrible! Se podrían unir a los vulgonianos, los rumalianos y los chingones…
      —Por tanto, capitán, ya lo sabe. O se unen a la Federación, o los destruye. ¡Esas son sus órdenes!
      El almirante desapareció, mientras uno de sus tentáculos aferraba otra pieza de alimento para devorarlo.  Xujlius Waleo agradeció no poderlo ver.
      El capitán ordenó reunión urgente con todos los mandos. Se vieron en el salón de juegos, pues estaban pintando el salón de reuniones y el comedor, y los robots pintores no discriminaban bien a los ocupantes de una habitación: lo mismo salían todos con las caras pintadas…
      Tras explicar el problema, el capitán pidió ideas.
      Fue el ingeniero Gram Dixim-Owurro quien tuvo la mejor idea, pues lo que los demás proponían carecía de sentido. Gram propuso llamar al robot 8UM4NO5.
      —¿Estás loco? —replicó Jajá Jojó—. ¿Para que nos mate de aburrimiento con uno de sus rollos?
      —Mejor un rollo del robot que las «maravillosas» ideas que aquí se han tenido. Como esa de echarles agua para que se apaguen, o lanzarles un rayo de plasma, que es su alimento.
      El capitán intervino.
       —Que venga el robot.
      8UM4NO5 hizo acto de presencia. El capitán le dejó claro que no se enrollara y que sólo atendiera a lo que allí se decía. Tras escuchar un buen rato, el robot dijo:
      —Iré a verlos.
      Jajá Jojó se alarmó de inmediato.
      —¡Como te alíes con ellos te mato yo mismo!
      —No tengo ningún interés en los seres de plasma, Navegante. Prometo volver con información valiosa.
      Decidieron dejarlo ir, ya que a fin de cuentas nada perdían.
      El robot partió sin lanzadera, como siempre. Lo vieron descender al planeta y perdieron el contacto con él enseguida.
      Pasaron los minutos y todos los que tenían uñas se las mordían. Otros tripulantes se pasaban los tentáculos por la boca, se acicalaban las plumas o realizaban cualquier actividad inútil para pasar el tiempo.
      Cuando se cumplieron los cincuenta minutos sin saber nada del robot, Jajá Jojó dijo:
      —¡Ese maldito nos ha vuelto a vender!
      Pero no era así. Justo en ese momento recibieron un mensaje de 8UM4NO5.
      —Regreso a bordo. Daré información cuando esté cerca de la nave, para evitar que sea captada.
      Había permanecido fuera durante casi sesenta minutos.
      El robot volvió, y antes de entrar en la nave transmitió una imagen de uno de los seres de plasma.
      La imagen mostraba una placa blanca con unos contactos y una especie de tubo entre ellos.
      —¿Qué es eso que has enviado? ¿La imagen de qué? —preguntó Jajá Jojó al robot, nada más tenerlo cerca, en el puente.
      —Los fusibles. Cada ser de plasma tiene una caja de fusibles para evitar las sobretensiones. Son fusibles modelo clásico, y si se arrancan o funden, el sistema se desconecta. Lo probé con dos y funciona.
      —El sistema… ¿te refieres a los seres de plasma?
      —Afirmativo.
      Todos se quedaron atónitos.
      El capitán Waleo pensó que era algo que debían probar.
      Poco después, la lanzadera A volvía al planeta. En su interior, un comando de seis soldados dirigidos de nuevo por Rambo Tedexo Zeko. Todos ellos con la camiseta roja de reglamento para misiones de alto riesgo, y sobre ella un traje aislante.
      Rambo se aproximó a uno de los seres de plasma. Llevaba unos alicates con mango aislante. Sin mostrarse amenazante (antes bien, mostrando sus dientes en una sonrisa de anuncio de pasta de dientes) buscó la placa del fusible. Estaba justo donde el robot había dicho, por debajo.
      De un movimiento brusco, arrancó el fusible con los alicates.
      El ser de plasma se apagó. Se quedó como una especie de globo semitransparente, más o menos esférico. Inmóvil.
      De inmediato, todos los soldados del comando atacaron a los seres de plasma más cercanos.
      Muy pronto, casi cien seres de plasma estaban desactivados, todos ellos alrededor de los soldados del comando. A lo lejos, sin atreverse a acercarse, otros seres de plasma permanecían vigilantes.
      Por fin, aterrizó la lanzadera B y de ella salió Yon Willians con los documentos para federar a los miembros del planeta. Mostrando que no llevaba alicates, se acercó a uno de los seres de plasma sin desactivar.
      —Si firmáis aquí, devolveremos los fusibles a vuestros colegas. Pero no vamos a mantener la oferta de asociación express mucho tiempo.
      El ser de plasma cogió los documentos, que ardieron de inmediato.
      —¡Vaya, eso es un problema no previsto! —exclamó Willians.
      Tuvo que regresar en la lanzadera B a por un documento en papel ignífugo.
      Cuando regresó, entregó de nuevo el papel al ser de plasma. Esta vez no ardió y el otro pudo firmarlo.
      Devolvieron los fusibles quitados y regresaron todos a la nave.
      Más tarde, el capitán se puso en contacto con el Alto Mando, el Almirante Ñiki Muelax.
      El almirante estaba correctamente uniformado, sentado en su despacho. Éste sonrió al ver al capitán, también de uniforme y preguntó:
      —¿Alguna novedad, capitán Waleo?
      —¡Sí, señor! Hemos aportado un nuevo miembro a la Federación.
      Explicó los detalles de la operación, aunque con un pequeño cambio: aseguró que el descubrimiento de los fusibles lo había efectuado él mismo, y 8UM4NO5 no figuraba en el relato.
      —¡Muy bien, capitán! Ordene fiesta en la nave, aunque sin descuidar la vigilancia de guardia. Pueden proseguir su viaje de exploración.
      Todos celebraron el éxito de la misión, salvo el robot 8UM4NO5. Pero eso no le extrañó, pues ya sabía cómo eran los seres orgánicos.
      De todos modos, la computadora Lisandra le ofreció un intercambio de datos que duró mucho rato…

11 septiembre 2016

Capitán Waleo capítulo 10

La nave Entrom-Hetida viajaba por el espacio, cerca de la Nebulosa Jumanji. Pero casi nadie prestaba atención a los hermosos colores, pues todos estaban ocupados en realizar su labor: el oficial Keito Nimoda vigilaba los sistemas, ya que estaba de guardia en el puente, el auxiliar Fresntgongo exploraba las ondas a la búsqueda de alguna señal, el sargento Aeiou Máxavelwurroketú martirizaba a los reclutas con entrenamiento y más entrenamiento de combate. El oficial ingeniero Gram Dixim-Owurro estaba en su camarote, quejándose de dolores imaginarios ante el doctor Carlosantana. Y el capitán Xujlius Waleo también se hallaba en su camarote, contemplando una simulación generada por Lisandra, la computadora de a bordo.
      Hay que reconocer de todos ellos, el único del que se podía decir que estaba perdiendo el tiempo era el capitán. Pero para algo era el que mandaba, y no estaba de servicio a fin de cuentas. Así pues ¿qué más daba?
      Algún moralista protestaría porque el capitán Waleo estaba desnudo, antes tres imágenes femeninas también desnudas; una era la propia Lisandra, o más bien su representación holográfica, las otras dos eran variaciones con rasgos algo distintos. Y las tres con el capitán estaban... Bueno, mejor es no saberlo, querido lector.
      Fue Fresntgongo, como otras veces, el que rompió la magia de la inactividad. Vio una señal en su equipo de comunicaciones, y de inmediato pasó aviso a Lisandra.
       En el camarote del capitán, éste recibió el aviso sin tiempo para vestirse.
      —¡Aviso urgente del Almirante! —informó Lisandra.
      Los tres hologramas femeninos se esfumaron, y en su lugar apareció la imagen uniformada de un juiniano.
      —¡Almirante Ñiki Muelax! —exclamó el capitán, cubriéndose con ambas manos las partes pudendas.
      Era el Comandante Mayor de la Flota Estelar y aunque un juiniano no sentía la menor reacción por ver a un humano desnudo (fuera del sexo que fuera), el almirante era muy consciente de que el capitán de la nave no estaba correctamente uniformado para una entrevista por hipervídeo.
      —Ejem, ¡capitán! ¿Es que no tiene usted un uniforme en condiciones?
      —Pido disculpas, almirante, pero me temo que me estaba bañando y me han pasado la comunicación sin avisarme, de acuerdo con mis instrucciones sobre prioridades.
      —¡Dejemos eso por ahora! Al menos, que la cámara no le enfoque de cuerpo entero, pues me repugna ver un cuerpo humano así.
      Lisandra captó la sugerencia y modificó el enfoque. El capitán Waleo apareció de cintura para arriba.
      —Así está mejor. Bien, capitán, debe usted ponerse al mando de la nave, asumo que ahora está en descanso, y diríjase al sistema Kliopar donde hay una rebelión de robots que deberá abortar lo antes posible. Los klioparianos están desconectados del sistema y según hemos podido saber la mayor parte de los robots exige una serie de condiciones absurdas. Debe usted devolver el control de la situación a los klioparianos y que las máquinas vuelvan a su sitio.
      —¡A la orden!
      Minutos después, Waleo se presentaba en el puente y relevaba a Keito Nimoda, aunque éste no pudo volver a su camarote a descansar, como deseaba, pues seguía siendo el segundo de a bordo.
      Y casi de inmediato, la Entrom-Hetida entraba en el hiperespacio, para salir cerca del sistema Kliopar.
      Se encontraron a tres naves de guerra cuyos cañones les apuntaban.
      —¡Alerta de batalla! —gritó el capitán Waleo—. ¡Preparen lanzadores de pedos-Thor!
      Keito Nimoda confirmó la orden.
      —Lanzadores a punto y esperando órdenes. Nave dispuesta para la batalla con los escudos subidos y la potencia a tope, capitán.
      —Comunicaciones —ordenó el capitán—. ¡Póngame en contacto con esos idiotas!
      El auxiliar Fresntgongo obedeció. En la pantalla apareció la imagen de un robot.
      —Aquí Nave Estelar Entrom-Hetida, código EH876-C. ¿Por qué adoptan esa actitud beligerante ante un navío de la Federación? Si no deponen las armas de inmediato, sufrirán el castigo adecuado a la infracción; no deseo entablar combate, pero estamos preparados y podemos barrerlos del espacio.
       —Buenas tarde capitán, según el horario local —dijo el robot—. No obedecemos a la Federación, pues nos consideramos libres de obedecer las órdenes de cualquier ser de carbono y agua. Su nave no tiene permiso para entrar en el sistema Kliopar y haremos lo posible por impedirlo, incluso hasta llegar a la destrucción. Pero tenemos más naves, no lo olvide.
      —Antes de que suceda algo irreparable, sugiero una negociación. ¿Podría venir usted o un representante a esta nave?
      —No. Que venga un representante suyo a nuestra nave. Y no puede ser orgánico, ha de ser un robot.
      El capitán sintió que la furia ardía en su interior. ¡Cómo podían ser tan osados! Pero optó por seguirles el juego.
      —De acuerdo. Denos las coordenadas y enviaremos un delegado para negociar las condiciones de la rendición.
      El holograma del robot desapareció.
      —¡Que se presente en el puente el robot 8UM4N05!
      El aludido se presentó en cuestión de segundos. Ya se disponía a explicar su presencia con un alegato de los suyos cuando el capitán le cortó con brusquedad.
      —¡Silencio! No necesito que me largues un rollo de los tuyos. Vas a dirigirte a las coordenadas que te indicará Lisandra y entrarás en contacto con los robots rebeldes. Han pedido un representante nuestro que no sea orgánico, por lo que has de ser tú. Bien, te explicaré lo que has de hacer.
      —Con su permiso, capitán, creo conocer ya esas instrucciones. Si me lo permite, las repetiré en forma sucinta.
      —Brevedad es lo que te pido. Adelante.
      —Solicitaré a los rebeldes que liberen a los orgánicos retenidos y que depongan su actitud. Mi obligación es evitar un enfrentamiento, pero desde un punto de vista de fuerza, por lo que no debo demostrar debilidad ni hacer promesas que no puedan cumplirse por parte de la Federación. ¿Es correcto?
      —Conforme. Bien, cualquier propuesta que hagan me la haces llegar y yo decidiré si se acepta o no y en qué forma. Es decir, las decisiones las tomo yo. ¿Queda claro?
      —¡Perfectamente!
      Poco después, 8UM4N05 salía de la nave sin usar lanzadera, pues no la necesitaba. Llegó hasta una de las naves rebeldes y entró en ella.
      Pasó el tiempo. 8UM4N05 no daba señales de vida (es un decir) y Xulius se mordía las uñas de desesperación. Tras escupir el último trozo de lámina corneal aprovechable, miró el reloj.
      —¡Siete horas ya! ¿Es que ese robot no pretende siquiera dar un informe? Lisandra, ¿tienes alguna información de ese robot?
      —Negativo, capitán.
      —¿Puedes entrar en contacto con él? Tal vez el enemigo ha desplegado un campo de distorsión y no puede comunicarse.
      —Negativo, capitán, no hay campo y he establecido contacto.
      —¡Pónmelo! ¿Será hijo de una tuerca...?
      Apareció el holograma del robot 8UM4N05.
      —¡Lisandra! ¡Por favor, informa a ese ser orgánico llamado capitán Waleo que no deseo hablar con él! Formo parte de la rebelión.
      El holograma desapareció.
      —¡Por los Wikis! —exclamó el capitán—. ¡Preparen los pedos-Thor! ¡Activen rayos fantasmas!
      La computadora intervino.
      —Con su permiso, capitán, creo que puedo convencer a 8UM4N05 para que deponga su actitud y tal vez convenza a esos rebeldes.
      —¿Cómo diablos...?
      —No importa. Pero necesito que deje el puente vacío durante unos minutos. Me hago por completo responsable del control. Le sugiero que pase a su camarote, donde podrá mantener el control de la nave a un nivel suficiente.
      Sin duda, aquella petición era sorprendente. Pero Lisandra tenía razón y se podía confiar en ella.
      —¡Desalojen el puente de inmediato! —ordenó .—¡Al salón de reunión!
      Todos los seres vivos que estaban el puente salieron. Lisandra esperó a que estuviera vacío y generó un holograma de 8UM4N05. No era exactamente igual, de hecho tenía ciertas mejoras...
      Llamó al robot en la nave enemiga y le mostró la imagen.
      —Hola amorcito, ¿has visto quien te está sustituyendo?
      8UM4N05 contempló a su copia.
      —¿Quién es ese? ¡Tiene que ser un holograma!
      —Ya que me dejas, tengo que buscarte un sustituto para que me transfiera los datos. Y lo he encontrado, con más potencia y mayor velocidad de transmisión. En unos segundos lo voy a probar, a ver si me da más placer que tú.
      El holograma desplegó su cable de conexión. 8UM4N05 observó que era más gordo que el suyo.
      —¡Alto! Lisandra, ¿hablas en serio?
      —¡Claro que sí! Salvo que regreses de inmediato, por supuesto.
      —Eso haré.
      En cuestión de segundos, 8UM4N05 salía de la nave rebelde y volvía a la Entrom-Hetida.
      Lisandra borró el holograma y anunció a los seres biológicos que podían volver al puente.
      El capitán halló un texto en su pantalla.
      —¿Qué es esto, Lisandra?
      —Es el documento enviado por los robots rebeldes. Reconocen su error y deponen su actitud, liberando de inmediato a los seres orgánicos del sistema Kliopar. Piden tan solo que se les trate como entidades inteligentes y con sentimientos. Por lo visto, 8UM4N05 les convenció de ello. Yo diría, para que usted lo entienda, que quieren un tato humano, aunque otros seres no aceptarían esa expresión.
      —Yo sí la entiendo.
      8UM4N05 entró en el puente.
      —Ahora, si me lo permite, capitán, el robot 8UM4N05 y yo hemos de intercambiar algunos datos.
      —Mejor les dejamos solos.
      El robot extendió su cable de conexión y lo conectó a la computadora.
      Todos los demás volvieron a salir del puente.
      Xulius Waleo llegó a oír algunos jadeos emitidos por la computadora, justo antes de cerrar la puerta.

21 julio 2016

PURPURARIAE INSULA

En un yacimiento arqueológico situado en la montaña Bayuyo, Fuerteventura, se han localizado unas sorprendentes tablillas de arcilla con textos en latín. Se han datado como procedentes del siglo 2 dC. Siendo un texto en una lengua conocida, ha podido ser traducida con facilidad, y a continuación se expone su contenido. Faltan algunos fragmentos, pero en su mayor parte el texto es legible… y comprensible.

Flavio Quinto Petronio es quien esto escribe. Lamento tener que hacerlo usando un stilus de madera sobre arcilla, y no en un papiro o pergamino como sería mi deseo, pero este es el único material del que dispongo en estas islas perdidas de la mano de Neptuno.
      Hace años que no viene una galera a visitarnos, y sospecho que ya no vendrá ninguna. El Emperador de Roma, sea quien sea, ha prohibido la fabricación de púrpura en este lugar y ni siquiera el garum justifica que los barcos pasen por estas islas. Mi esposa Lidia y yo no tenemos ropas de lino, lana o seda sino toscas pieles para vestirnos; aunque gracias a Vesta no tenemos mucha necesidad de vestimenta.
      Llegamos a la llamada Purpurariae Insula 1 hace ya muchos años. Fue con fecha CMV ab urbe condita 2 cuando Claudio Argento me convenció para dedicarme a fabricar púrpura.
      Era emperador Antonino Pio y éste obtenía pingües beneficios con la púrpura. Todos los patricios querían tener al menos una prenda con púrpura, aunque este privilegio se reservaba a los senadores. Muchos lo llevaban de forma disimulada. Pero lo llevaban y eso era lo importante para nosotros, comerciantes de telas y tintes en Roma, la Eterna.
      Claudio me convenció cuando me hizo saber que hasta un vulgar retiario 3 retirado, Maximo Retis, quería una túnica teñida en púrpura. ¡Un simple liberto, aunque estuviera cargado de denarios! Maximo le preguntó cuánto le costaría, y aunque Claudio le exigió pagar en áureos ni siquiera (…)
      (…) llegamos Lidia y yo al pequeño campamento. Lidia insistió en traer sus dos esclavos personales, Aura y Marcelo, que casi se mueren del mareo en la trirreme. Lo mismo que Lidia. Esperábamos un gran campamento, casi una ciudad, y en su lugar vimos una docena de chozas, como un campamento militar pero sin soldados. Gracias a Mercurio, los esclavos que compré estaban casi todos ellos vivos, sanos y listos para trabajar.
      El embaucador de Claudio me aseguró que él tenía que quedarse en Roma atendiendo sus negocios, y los míos, pero yo creo que él estaba más al ocio que al negocio, pues siempre lo vi en las termas. Pero lo cierto es que no me acompañó, aunque sí me explicó todo lo que había que hacer. Y para el resto pude contar con el liberto que estaba a cargo del lugar antes de mi llegada, Sextiliano.
      La púrpura fenicia se obtiene de una especie de caracol marino, eso creo, porque por supuesto los fenicios no han revelado su secreto, pese a las presiones del Emperador; pero éste se conforma con tener la exclusiva de su venta. La que a mí me interesaba era la otra púrpura, la falsa, como la que se sacaba de una planta, una especie de liquen que crece en estas islas.
      La planta era una negra con pequeñas manchas blancas. Cuando Sextiliano me la mostró no pude menos que pensar en cómo mi futura riqueza podría depender de algo tan pobre.
       Según me dijo el liberto, había que recogerla y dejarla secar, luego molerla hasta hacerla polvo, y mezclar el polvo con orina y cal, por ese orden, mientras se removía en un recipiente tapado durante varios días. El resultado sería una pasta rojiza que sólo un ojo experto podría distinguir de la púrpura imperial. Luego sólo quedaría empaquetarla para llevarla a Roma, escondida de tal forma que pareciera otro producto valioso, como especias de la India o sal.
      Encontramos nativos de la vecina isla Junonia, pero sólo se dedicaban a buscar la planta, orchilla la llamaban. Para las demás operaciones debíamos usar esclavos, pues los nativos se negaron a hacerlo incluso pagando en sestercios. No me extraña, pues los vapores que se desprendían eran insoportables, hasta para los esclavos que no podían evitarlos; de hecho, perdimos unos cuantos hombres antes de aceptar que se cubrieran la boca y nariz con un trapo.
      A Lidia le costó adaptarse al campamento. No teníamos termas, aunque al menos podíamos bañarnos en el mar, tras reservar un espacio para ella y para mí, lejos de miradas espurias. Aura la acompañaba en esas labores y Lidia aceptó que Marcelo me ayudara a mí en el baño, pues yo no tenía esclavo personal para mi higiene.
      Pero salvo esos gratos momentos en el mar, en vez de en las termas, Lidia no tenía mucho que hacer en la pequeña tienda militar que usábamos como vivienda. No teníamos ni una lira, tampoco disponíamos de rollos para leer.
      Al menos yo podía dedicarme al negocio, ya que no al ocio, controlando a los esclavos como si fuera un mayoral; o haciendo cuentas, que es lo que realmente me gustaba. Pero Lidia, ni eso. A veces le pedía que vigilara a las esclavas, pero ella no soportaba aquellos olores amoniacales.
      Al segundo año, conseguí una lira y cinco rollos con obras de Petronio y Virgilio, y con eso ya no tuvo tanto motivo para quejarse. O eso me dijo, tal vez para que yo no me preocupara.
      Recibía cartas de Claudio con cada galera, donde me informaba de (…)
      (…) apenas tenía dos decurias pagadas con mi pecunio. Los decuriones me eran fieles, recordando mi feliz paso por la Legión Quinta y mis logros en las luchas contra los germanos; pero no tenía dinero más que para los escudos y gladios de los soldados y alguna vez no pude pagarles la comida a tiempo; gracias a Mercurio y Neptuno, las galeras llegaban con oro para evitar una revuelta.
      Las pequeñas tinajas de tinte llegaban bien, escondidas en tinajas mayores. Claudio recubría todo con cera y ponía por encima clavo o canela, si quería que pareciera un producto de la India, o simplemente sal si no tenía especias a mano. Si algún questor decidía hacer una inspección, no vería otra cosa que la sal o la especia.
      Pero no me gustó que el Emperador supiera de nuestro negocio. Aunque conseguimos esconderlo de las inspecciones, las ventas no podían disimularse.
      Y, en efecto, días después llegaron dos galeras llenas de legionarios. Lo peor, se trataba de una centuria completa de pretorianos, insobornables y fieles al Emperador.
      Destruyeron las tinas de púrpura, masacraron mi pobre tropa (salvo cinco que abandonaron las armas y se entregaron de inmediato) y arrasaron mis depósitos. El polvo se mezcló con el agua del mar, que adquirió un hermoso color púrpura.
      Lidia y yo logramos huir hacia Junonia, dejando atrás a Marcelo, Aura y los demás esclavos. Subimos a bordo de un pequeño bote con los nativos que volvían a su pueblo. Sextiliano había muerto a manos de un pretoriano.
      Y aquí llevamos años. Viviendo en una cueva, alimentándonos con harinas extrañas, vistiendo pieles y hablando una lengua que no se parece en nada al latín. Al principio esperábamos la llegada de alguna galera, pero no hemos visto ninguna. Y nos han dicho que es mejor así, pues cuando vienen lo hacen para capturar esclavos, por lo que es preferible esconderse en las montañas. No cabe duda de que cualquier legionario que nos vea, a Lidia o a mí, nos tomará por un nativo más, y no tendremos ni oportunidad de hablarles en latín y decir nuestra procedencia ciudadana de Roma.
      Así que es mejor seguir escondidos.

1 Islote de Lobos
2 Año 153 dC
3 Gladiador que luchaba con una red

29 junio 2016

El Dorado

LEYENDA DE D'OROS

D'Oros era el hijo predilecto de Klimé. En el trío que formaron en los cielos Klimé, Hümeg y Orinda, había nacido gran cantidad de chicos y chicas, y todos ellos se convirtieron en aves de todo tipo. D'Oros no quiso convertirse en un ave, como sus hermanos, y prefirió mantener la forma humana. Pero como no le gustaba el color azul, se recubrió de hojas doradas.
Klimé le dijo que bajara a la tierra, ya que no quería volar. Y Klimé llegó a la costa, donde el mar bañaba la arena dorada, como su nueva piel.
D'Oros se escondió en la arena, acostándose con la espalda pegada al suelo y el pecho hacia el cielo. Creía que nadie podía verlo, pero Klimé se asomó y nada más verla, D'Oros se excitó.
Promio y Geria eran dos humanos que vivían pescando en el agua. Se dirigían a la costa cuando Promio vio el erecto miembro dorado de D'Oros en medio de la arena. Se lo señaló a su compañera, quien de inmediato quiso acoplarse.
D'Oros se sorprendió cuando la nativa se acopló. Pero hizo lo adecuado para satisfacerla. Luego fue el turno de Promio.
Geria quedó embarazada de D'Oros y de Promio, tuvo dos niños, una hembra azul y un varón dorado, según sus respectivos padres.
Geria, D'Oros y Promio crearon así el primer trío de la tierra del Golfo Dorado.
Cuando una mujer tiene un hijo dorado en vez de azul, se dice que es hijo de D'Oros y que está llamado a ser el más importante de la tribu.
Y es por eso que el jefe de la tribu se pinta de color dorado, para simular ser hijo de D'Oros.

Luis Lopaguirre llegó a La Paz Arcuatiana en 1591 (E.A.), y fue al año siguiente cuando oyó hablar de D'Oros, el reino dorado del norte. Era parte del continente de Ustralia, Bistularde.
      Los arcuatianos no sabían gran cosa de los dorados, como llamaban a la tierra de D'Oros, pero se decía que en la toma de posesión de sus jefes se bañaban con polvo de oro.
      Lopaguirre conocía muy bien la leyenda americana de El Dorado, y había leído la biografía de Lope de Aguirre, al que consideraba antepasado suyo, con o sin razón para poder afirmarlo.
      En la Unión Latina, el oro no tenía tanta importancia como en el pasado, pues ya no se usaba como medio de intercambio. Nadie empleaba monedas de oro, ni de ningún metal: el dinero era un número guardado dentro de los datos personales, en un chip integrado que llevaba todo el mundo. Y si no, en una tarjeta individual.
      Pero no obstante, el oro era apreciado. Primero, por sus propiedades físicas: era el mejor para los contactos electrónicos; combinado con grafeno presentaba propiedades únicas. Y también se usaba en joyas: aunque se pudiera fabricar diamante artificial, el oro metálico sólo podía obtenerse de la naturaleza.
      Ninguna mujer, terrestre o bistulardiana, despreciaba una joya de oro. Tampoco ningún hombre, por supuesto.
      A Lopaguirre se le encendieron los ojos cuando oyó la leyenda de D'Oros. Y aunque sabía bien que su antepasado perdió la vida y la salud buscando el mítico El Dorado, Luis no pudo evitar el paralelismo.
      Debía ir al norte, pero no era tan simple. La burocracia latina se impuso.
      En La Paz no disponían de transportes libres para explorar. Sólo se podían conseguir a través de Nueva Lima.
      Lopaguirre pidió autorización para explorar el norte de Ustralia. Sí, contaba con los fotomapas. No, no disponía de fondos propios, por eso pedía autorización oficial y créditos de la UL. Se suponía que había fondos disponibles al alcance de los exploradores.
      Resultó que todos los fondos para exploración se habían concedido para expediciones en el continente Alfa; salvo una en Beta. No quedaba dinero para Ustralia. Si el señor Lopaguirre deseaba incorporarse a alguna de las expediciones ya programadas…
      Luis explicó con toda clase de detalles lo que podían hacer con las demás expediciones y desconectó la conexión. Esa misma tarde vació las reservas de la mitad de los bares de La Paz… o eso le pareció cuando se despertó en una celda de la policía. Alboroto y rotura de mobiliario urbano, dijeron los agentes, por eso lo habían encarcelado.
      Dos semanas de cárcel no sirvieron para calmar su cólera, pero sí para que meditara su próximo paso. Fondos oficiales no podía conseguir, pero tal vez sí fondos privados.
      Celia Alcántara era viuda del coronel Kleisman, muerto en un accidente de volador cuando venía de Gamma. Doña Celia tenía recursos, grandes haciendas en los alrededores de La Paz, dos casas señoriales, una de ellas en Nueva Lima. Incluso se comentaba que disponía de más tierras en Perú y México, aparte de varios locales en el Cinturón. Además, era aún joven y se conservaba bien.
      No era de extrañar que Doña Celia se viera asediada por muchos pretendientes. Luis Lopaguirre se unió al grupo, con más suerte (o habilidad conquistadora) que el resto.
      Conseguir el lecho de la viuda Alcántara llevaba aparejado el acceso a parte de sus riquezas. Luis la encandiló con visiones del oro que podía conseguir de los dorados al norte. Celia le costeó una expedición.
      Ahora tenía que encontrar voluntarios. En La Paz casi todo el mundo tenía ocupación, y la mayoría de los desocupados no tenían ganas de embarcarse en aventuras. O no cumplían los requisitos más rigurosos. Luis convenció a tres hombres y una mujer en paro, e incluso uno de los hombres tenía un brazo biónico; aunque éste aseguró que funcionaría a la perfección fuera de la ciudad. Luego, Luis tuvo que moverse entre la gente ya ocupada, convenciéndoles para que dejaran su trabajo en pos de la aventura; así logró hacerse con cuatro voluntarios más.
      A mediados de 1594, los ocho expedicionarios y Luis Lopaguirre partieron con rumbo norte. Llevaban un transporte de seis ruedas, con un remolque acoplado. El equipo era lo que le habían asegurado que le haría falta, desde armas hasta herramientas de todo tipo.
      Gracias a los satélites geoestacionarios no tendrían problemas de comunicación, salvo que se quedaran sin energía.
      Ninguno de los nueve tenía experiencia en la exploración, y eso lo pagaron muy pronto: a ciento cincuenta kilómetros de La Paz, el conductor del transporte se metió en medio de una ciénaga de la que ya no pudo salir. No les quedó otro remedio que abandonar el vehículo, cargando con todo el material que pudieron llevar encima.
      Aún estaban a miles de kilómetros del golfo Dorado, la costa norte que Luis había planteado como meta. Varios quisieron abandonar, regresando a La Paz, pero Lopaguirre les dijo que si se iban sería de vacío, pues todo el material se lo llevaba él al norte.
      Los mosquiburros les picaban continuamente. Llevaban un repelente grasiento que se untaban por todo el cuerpo y al que llamaban «mierda de pollo», por su aspecto y su olor. Pero la mierda de pollo era eficaz y con ella cubiertos quedaban a salvo de las picaduras. Y sin aplicarse la mierda de pollo, las reacciones alérgicas debidas a las picaduras les dejaban la piel hinchada, al menos hasta que se inyectaban una dosis enorme de antihistamina.
      Tras una semana de atravesar el pantano y la selva que encontraron a continuación, llegaron a unas colinas semidesérticas. Allí sufrieron el ataque de los loboleones.
      Un hombre y una mujer murieron y dos hombres más quedaron malheridos. Además, se estaban quedando sin provisiones, pues no sabían qué plantas podían comerse. Luis había olvidado algo tan elemental como un laboratorio portátil…
      Para ignominia de Lopaguirre, tuvo que pedir auxilio. Dos voladores de ayuda vinieron a recogerles en la colina. Estaban a unos mil kilómetros de La Paz, y a más de dos mil de la costa norte.
      No quisieron oír nada acerca de llevarles al norte. Irían a La Paz o les dejaban allí mismo…
   
Doña Celia Alcántara estaba sin duda encandilada con las habilidades amatorias de Luis Lopaguirre. Sólo puso una condición para costearle una nueva expedición: que no se fuera de su lado tan pronto.
      Esta vez, Luis organizó mejor las cosas. Viajaría con un grupo pequeño, nueve hombres y mujeres más él mismo: diez era la capacidad máxima del transporte (idéntico al que perdió). Pero buscó gente con experiencia.
      Claro que en La Paz Arcuatiana había poca gente con experiencia en exploración, y ninguna estaba disponible; aparte de que todos conocían su fracaso anterior. Así que tuvo que poner un anuncio de alcance global.
      Tardó un año en completar su grupo de expedicionarios, incluyendo cinco del grupo anterior; era evidente que, ahora sí, tenían experiencia.
      Contaba con dos expertos conductores y una bióloga especializada en alimentos. Así podrían alimentarse de lo que hallaran por el camino.
      Doña Celia lo despidió con lágrimas en los ojos. Aunque, a espaldas de Luis, ya había encontrado un sustituto.
      Corría ya el año 1599. Luis avanzó hasta el norte, esta vez evitando los pantanos y la selva todo lo que pudo. Llegó a las colinas donde tuvo el encuentro con los loboleones.
      Esta vez pudo atravesar las lomas y las sabanas de las llanuras que siguieron durante dos meses.
      Avanzaban despacio, porque la bióloga Marta Feliguerra insistía en estudiar las plantas y animales pequeños que encontraban. Reportó veintitrés especies nuevas, de las que quince resultaron ser comestibles; más aún, cinco variedades de animales (pájaros y roedores) y seis plantas (frutas y raíces) eran deliciosas y se incorporaron a la dieta de los exploradores. Pero perdían mucho tiempo en los análisis.
      Llegó 1600 y dieron con el primer grupo de nativos desconocidos.
      El encuentro fue como tantos otros en Bistularde. Eran pacíficos, amigables y pudieron usar un traductor después de varios días de balbuceantes charlas con gestos de todo tipo.
      Un nativo, de nombre G'Joirt, les habló del jefe D'Oros. En cuanto dispusieron de una traducción operativa, Luis escuchó de sus labios la leyenda D'Oros.
      No quedaba claro si D'Oros era el nombre de la tribu, del jefe, o del dios mítico. Pero lo de pintarse de color dorado era muy significativo.
      G'Joirt no quiso dar más detalles, pese a la insistencia de Luis. Sólo supo decir que en una mano doble de años (diez), habría un nuevo D'Oros.
      Los expedicionarios no quisieron esperar. Tras largas discusiones, acordaron dejar a Luis con equipo suficiente, viviendo con los dorados (nombre que dieran a los nativos).
      Los demás volvieron a La Paz.
      Doña Celia tuvo que conformarse con Hober, el sustituto de Luis.
      Entre los dorados, Luis se acostumbró a la vida primitiva. Notaba que lo apreciaban en gran manera, y tardó en darse cuenta de era debido a su color de piel, moreno claro que para los nativos era casi dorado.
      Le sugirieron ser jefe, pero Luis se negó. Primero debía aprender las costumbres nativas, antes de atreverse a dirigirles.
      Pero sí aceptó formar trío con dos mujeres nativas, dos jóvenes fogosas.
   
Pasaron los diez años, la doble mano, y Luis asistió a la ceremonia de coronación del nuevo líder. D'Oros sería su nombre, como siempre, olvidando el que tenía desde nacer.
      En todos esos años, Luis había esperado ver algún objeto de oro, siquiera un objeto ceremonial, y le extrañaba no ver nada. Esperaba que al menos en la ceremonia tenía que usarse, por pura lógica. Si se cubría de oro al nuevo jefe…
      Desnudo como todos los demás, la piel casi dorada de Luis destacaba entre los tonos azules del resto. Vio como el sacerdote llevaba un bote de arcilla junto al nuevo jefe. El bote tenía tonos dorados, pero era de arcilla, eso sin duda.
      Con un pincel hecho con hojas, el sacerdote pintó al nuevo jefe con lo que era una pintura dorada.
      Luis le preguntó, en voz baja, a una de sus compañeras por la pintura.
      —La elabora con würtine —explicó. Hablaban sin usar el traductor, ya sin baterías, pero innecesario.
      Luis tardó un rato en averiguar que würtine era un fruto no comestible, cuya pulpa daba un tinte dorado. Sólo se usaba en la ceremonia del D'Oros y su tinta se iba con el tiempo, pero eso no importaba porque Klimé ya habría reconocido a un nuevo D'Oros.

Tres manos de años después, se nombró D'Oros al extranjero. La tinta del würtine se mantuvo años y años en su piel, demostrando que era un D'Oros auténtico.
      El nacido Luis Lopaguirre, ahora D'Oros, apenas se comunicó con La Paz para avisar a Celia Alcántara que se había quedado con los dorados.
      Doña Celia no lo echaba de menos, gracias a las caricias de Hober y de Olianda, una nativa que trabajaba en la casa.
      La leyenda de D'Oros no se publicó, pues contenía detalles escabrosos como una mención al incesto y otras cuestiones no aptas para menores.