21 julio 2016

PURPURARIAE INSULA

En un yacimiento arqueológico situado en la montaña Bayuyo, Fuerteventura, se han localizado unas sorprendentes tablillas de arcilla con textos en latín. Se han datado como procedentes del siglo 2 dC. Siendo un texto en una lengua conocida, ha podido ser traducida con facilidad, y a continuación se expone su contenido. Faltan algunos fragmentos, pero en su mayor parte el texto es legible… y comprensible.

Flavio Quinto Petronio es quien esto escribe. Lamento tener que hacerlo usando un stilus de madera sobre arcilla, y no en un papiro o pergamino como sería mi deseo, pero este es el único material del que dispongo en estas islas perdidas de la mano de Neptuno.
      Hace años que no viene una galera a visitarnos, y sospecho que ya no vendrá ninguna. El Emperador de Roma, sea quien sea, ha prohibido la fabricación de púrpura en este lugar y ni siquiera el garum justifica que los barcos pasen por estas islas. Mi esposa Lidia y yo no tenemos ropas de lino, lana o seda sino toscas pieles para vestirnos; aunque gracias a Vesta no tenemos mucha necesidad de vestimenta.
      Llegamos a la llamada Purpurariae Insula 1 hace ya muchos años. Fue con fecha CMV ab urbe condita 2 cuando Claudio Argento me convenció para dedicarme a fabricar púrpura.
      Era emperador Antonino Pio y éste obtenía pingües beneficios con la púrpura. Todos los patricios querían tener al menos una prenda con púrpura, aunque este privilegio se reservaba a los senadores. Muchos lo llevaban de forma disimulada. Pero lo llevaban y eso era lo importante para nosotros, comerciantes de telas y tintes en Roma, la Eterna.
      Claudio me convenció cuando me hizo saber que hasta un vulgar retiario 3 retirado, Maximo Retis, quería una túnica teñida en púrpura. ¡Un simple liberto, aunque estuviera cargado de denarios! Maximo le preguntó cuánto le costaría, y aunque Claudio le exigió pagar en áureos ni siquiera (…)
      (…) llegamos Lidia y yo al pequeño campamento. Lidia insistió en traer sus dos esclavos personales, Aura y Marcelo, que casi se mueren del mareo en la trirreme. Lo mismo que Lidia. Esperábamos un gran campamento, casi una ciudad, y en su lugar vimos una docena de chozas, como un campamento militar pero sin soldados. Gracias a Mercurio, los esclavos que compré estaban casi todos ellos vivos, sanos y listos para trabajar.
      El embaucador de Claudio me aseguró que él tenía que quedarse en Roma atendiendo sus negocios, y los míos, pero yo creo que él estaba más al ocio que al negocio, pues siempre lo vi en las termas. Pero lo cierto es que no me acompañó, aunque sí me explicó todo lo que había que hacer. Y para el resto pude contar con el liberto que estaba a cargo del lugar antes de mi llegada, Sextiliano.
      La púrpura fenicia se obtiene de una especie de caracol marino, eso creo, porque por supuesto los fenicios no han revelado su secreto, pese a las presiones del Emperador; pero éste se conforma con tener la exclusiva de su venta. La que a mí me interesaba era la otra púrpura, la falsa, como la que se sacaba de una planta, una especie de liquen que crece en estas islas.
      La planta era una negra con pequeñas manchas blancas. Cuando Sextiliano me la mostró no pude menos que pensar en cómo mi futura riqueza podría depender de algo tan pobre.
       Según me dijo el liberto, había que recogerla y dejarla secar, luego molerla hasta hacerla polvo, y mezclar el polvo con orina y cal, por ese orden, mientras se removía en un recipiente tapado durante varios días. El resultado sería una pasta rojiza que sólo un ojo experto podría distinguir de la púrpura imperial. Luego sólo quedaría empaquetarla para llevarla a Roma, escondida de tal forma que pareciera otro producto valioso, como especias de la India o sal.
      Encontramos nativos de la vecina isla Junonia, pero sólo se dedicaban a buscar la planta, orchilla la llamaban. Para las demás operaciones debíamos usar esclavos, pues los nativos se negaron a hacerlo incluso pagando en sestercios. No me extraña, pues los vapores que se desprendían eran insoportables, hasta para los esclavos que no podían evitarlos; de hecho, perdimos unos cuantos hombres antes de aceptar que se cubrieran la boca y nariz con un trapo.
      A Lidia le costó adaptarse al campamento. No teníamos termas, aunque al menos podíamos bañarnos en el mar, tras reservar un espacio para ella y para mí, lejos de miradas espurias. Aura la acompañaba en esas labores y Lidia aceptó que Marcelo me ayudara a mí en el baño, pues yo no tenía esclavo personal para mi higiene.
      Pero salvo esos gratos momentos en el mar, en vez de en las termas, Lidia no tenía mucho que hacer en la pequeña tienda militar que usábamos como vivienda. No teníamos ni una lira, tampoco disponíamos de rollos para leer.
      Al menos yo podía dedicarme al negocio, ya que no al ocio, controlando a los esclavos como si fuera un mayoral; o haciendo cuentas, que es lo que realmente me gustaba. Pero Lidia, ni eso. A veces le pedía que vigilara a las esclavas, pero ella no soportaba aquellos olores amoniacales.
      Al segundo año, conseguí una lira y cinco rollos con obras de Petronio y Virgilio, y con eso ya no tuvo tanto motivo para quejarse. O eso me dijo, tal vez para que yo no me preocupara.
      Recibía cartas de Claudio con cada galera, donde me informaba de (…)
      (…) apenas tenía dos decurias pagadas con mi pecunio. Los decuriones me eran fieles, recordando mi feliz paso por la Legión Quinta y mis logros en las luchas contra los germanos; pero no tenía dinero más que para los escudos y gladios de los soldados y alguna vez no pude pagarles la comida a tiempo; gracias a Mercurio y Neptuno, las galeras llegaban con oro para evitar una revuelta.
      Las pequeñas tinajas de tinte llegaban bien, escondidas en tinajas mayores. Claudio recubría todo con cera y ponía por encima clavo o canela, si quería que pareciera un producto de la India, o simplemente sal si no tenía especias a mano. Si algún questor decidía hacer una inspección, no vería otra cosa que la sal o la especia.
      Pero no me gustó que el Emperador supiera de nuestro negocio. Aunque conseguimos esconderlo de las inspecciones, las ventas no podían disimularse.
      Y, en efecto, días después llegaron dos galeras llenas de legionarios. Lo peor, se trataba de una centuria completa de pretorianos, insobornables y fieles al Emperador.
      Destruyeron las tinas de púrpura, masacraron mi pobre tropa (salvo cinco que abandonaron las armas y se entregaron de inmediato) y arrasaron mis depósitos. El polvo se mezcló con el agua del mar, que adquirió un hermoso color púrpura.
      Lidia y yo logramos huir hacia Junonia, dejando atrás a Marcelo, Aura y los demás esclavos. Subimos a bordo de un pequeño bote con los nativos que volvían a su pueblo. Sextiliano había muerto a manos de un pretoriano.
      Y aquí llevamos años. Viviendo en una cueva, alimentándonos con harinas extrañas, vistiendo pieles y hablando una lengua que no se parece en nada al latín. Al principio esperábamos la llegada de alguna galera, pero no hemos visto ninguna. Y nos han dicho que es mejor así, pues cuando vienen lo hacen para capturar esclavos, por lo que es preferible esconderse en las montañas. No cabe duda de que cualquier legionario que nos vea, a Lidia o a mí, nos tomará por un nativo más, y no tendremos ni oportunidad de hablarles en latín y decir nuestra procedencia ciudadana de Roma.
      Así que es mejor seguir escondidos.

1 Islote de Lobos
2 Año 153 dC
3 Gladiador que luchaba con una red

29 junio 2016

El Dorado

LEYENDA DE D'OROS

D'Oros era el hijo predilecto de Klimé. En el trío que formaron en los cielos Klimé, Hümeg y Orinda, había nacido gran cantidad de chicos y chicas, y todos ellos se convirtieron en aves de todo tipo. D'Oros no quiso convertirse en un ave, como sus hermanos, y prefirió mantener la forma humana. Pero como no le gustaba el color azul, se recubrió de hojas doradas.
Klimé le dijo que bajara a la tierra, ya que no quería volar. Y Klimé llegó a la costa, donde el mar bañaba la arena dorada, como su nueva piel.
D'Oros se escondió en la arena, acostándose con la espalda pegada al suelo y el pecho hacia el cielo. Creía que nadie podía verlo, pero Klimé se asomó y nada más verla, D'Oros se excitó.
Promio y Geria eran dos humanos que vivían pescando en el agua. Se dirigían a la costa cuando Promio vio el erecto miembro dorado de D'Oros en medio de la arena. Se lo señaló a su compañera, quien de inmediato quiso acoplarse.
D'Oros se sorprendió cuando la nativa se acopló. Pero hizo lo adecuado para satisfacerla. Luego fue el turno de Promio.
Geria quedó embarazada de D'Oros y de Promio, tuvo dos niños, una hembra azul y un varón dorado, según sus respectivos padres.
Geria, D'Oros y Promio crearon así el primer trío de la tierra del Golfo Dorado.
Cuando una mujer tiene un hijo dorado en vez de azul, se dice que es hijo de D'Oros y que está llamado a ser el más importante de la tribu.
Y es por eso que el jefe de la tribu se pinta de color dorado, para simular ser hijo de D'Oros.

Luis Lopaguirre llegó a La Paz Arcuatiana en 1591 (E.A.), y fue al año siguiente cuando oyó hablar de D'Oros, el reino dorado del norte. Era parte del continente de Ustralia, Bistularde.
      Los arcuatianos no sabían gran cosa de los dorados, como llamaban a la tierra de D'Oros, pero se decía que en la toma de posesión de sus jefes se bañaban con polvo de oro.
      Lopaguirre conocía muy bien la leyenda americana de El Dorado, y había leído la biografía de Lope de Aguirre, al que consideraba antepasado suyo, con o sin razón para poder afirmarlo.
      En la Unión Latina, el oro no tenía tanta importancia como en el pasado, pues ya no se usaba como medio de intercambio. Nadie empleaba monedas de oro, ni de ningún metal: el dinero era un número guardado dentro de los datos personales, en un chip integrado que llevaba todo el mundo. Y si no, en una tarjeta individual.
      Pero no obstante, el oro era apreciado. Primero, por sus propiedades físicas: era el mejor para los contactos electrónicos; combinado con grafeno presentaba propiedades únicas. Y también se usaba en joyas: aunque se pudiera fabricar diamante artificial, el oro metálico sólo podía obtenerse de la naturaleza.
      Ninguna mujer, terrestre o bistulardiana, despreciaba una joya de oro. Tampoco ningún hombre, por supuesto.
      A Lopaguirre se le encendieron los ojos cuando oyó la leyenda de D'Oros. Y aunque sabía bien que su antepasado perdió la vida y la salud buscando el mítico El Dorado, Luis no pudo evitar el paralelismo.
      Debía ir al norte, pero no era tan simple. La burocracia latina se impuso.
      En La Paz no disponían de transportes libres para explorar. Sólo se podían conseguir a través de Nueva Lima.
      Lopaguirre pidió autorización para explorar el norte de Ustralia. Sí, contaba con los fotomapas. No, no disponía de fondos propios, por eso pedía autorización oficial y créditos de la UL. Se suponía que había fondos disponibles al alcance de los exploradores.
      Resultó que todos los fondos para exploración se habían concedido para expediciones en el continente Alfa; salvo una en Beta. No quedaba dinero para Ustralia. Si el señor Lopaguirre deseaba incorporarse a alguna de las expediciones ya programadas…
      Luis explicó con toda clase de detalles lo que podían hacer con las demás expediciones y desconectó la conexión. Esa misma tarde vació las reservas de la mitad de los bares de La Paz… o eso le pareció cuando se despertó en una celda de la policía. Alboroto y rotura de mobiliario urbano, dijeron los agentes, por eso lo habían encarcelado.
      Dos semanas de cárcel no sirvieron para calmar su cólera, pero sí para que meditara su próximo paso. Fondos oficiales no podía conseguir, pero tal vez sí fondos privados.
      Celia Alcántara era viuda del coronel Kleisman, muerto en un accidente de volador cuando venía de Gamma. Doña Celia tenía recursos, grandes haciendas en los alrededores de La Paz, dos casas señoriales, una de ellas en Nueva Lima. Incluso se comentaba que disponía de más tierras en Perú y México, aparte de varios locales en el Cinturón. Además, era aún joven y se conservaba bien.
      No era de extrañar que Doña Celia se viera asediada por muchos pretendientes. Luis Lopaguirre se unió al grupo, con más suerte (o habilidad conquistadora) que el resto.
      Conseguir el lecho de la viuda Alcántara llevaba aparejado el acceso a parte de sus riquezas. Luis la encandiló con visiones del oro que podía conseguir de los dorados al norte. Celia le costeó una expedición.
      Ahora tenía que encontrar voluntarios. En La Paz casi todo el mundo tenía ocupación, y la mayoría de los desocupados no tenían ganas de embarcarse en aventuras. O no cumplían los requisitos más rigurosos. Luis convenció a tres hombres y una mujer en paro, e incluso uno de los hombres tenía un brazo biónico; aunque éste aseguró que funcionaría a la perfección fuera de la ciudad. Luego, Luis tuvo que moverse entre la gente ya ocupada, convenciéndoles para que dejaran su trabajo en pos de la aventura; así logró hacerse con cuatro voluntarios más.
      A mediados de 1594, los ocho expedicionarios y Luis Lopaguirre partieron con rumbo norte. Llevaban un transporte de seis ruedas, con un remolque acoplado. El equipo era lo que le habían asegurado que le haría falta, desde armas hasta herramientas de todo tipo.
      Gracias a los satélites geoestacionarios no tendrían problemas de comunicación, salvo que se quedaran sin energía.
      Ninguno de los nueve tenía experiencia en la exploración, y eso lo pagaron muy pronto: a ciento cincuenta kilómetros de La Paz, el conductor del transporte se metió en medio de una ciénaga de la que ya no pudo salir. No les quedó otro remedio que abandonar el vehículo, cargando con todo el material que pudieron llevar encima.
      Aún estaban a miles de kilómetros del golfo Dorado, la costa norte que Luis había planteado como meta. Varios quisieron abandonar, regresando a La Paz, pero Lopaguirre les dijo que si se iban sería de vacío, pues todo el material se lo llevaba él al norte.
      Los mosquiburros les picaban continuamente. Llevaban un repelente grasiento que se untaban por todo el cuerpo y al que llamaban «mierda de pollo», por su aspecto y su olor. Pero la mierda de pollo era eficaz y con ella cubiertos quedaban a salvo de las picaduras. Y sin aplicarse la mierda de pollo, las reacciones alérgicas debidas a las picaduras les dejaban la piel hinchada, al menos hasta que se inyectaban una dosis enorme de antihistamina.
      Tras una semana de atravesar el pantano y la selva que encontraron a continuación, llegaron a unas colinas semidesérticas. Allí sufrieron el ataque de los loboleones.
      Un hombre y una mujer murieron y dos hombres más quedaron malheridos. Además, se estaban quedando sin provisiones, pues no sabían qué plantas podían comerse. Luis había olvidado algo tan elemental como un laboratorio portátil…
      Para ignominia de Lopaguirre, tuvo que pedir auxilio. Dos voladores de ayuda vinieron a recogerles en la colina. Estaban a unos mil kilómetros de La Paz, y a más de dos mil de la costa norte.
      No quisieron oír nada acerca de llevarles al norte. Irían a La Paz o les dejaban allí mismo…
   
Doña Celia Alcántara estaba sin duda encandilada con las habilidades amatorias de Luis Lopaguirre. Sólo puso una condición para costearle una nueva expedición: que no se fuera de su lado tan pronto.
      Esta vez, Luis organizó mejor las cosas. Viajaría con un grupo pequeño, nueve hombres y mujeres más él mismo: diez era la capacidad máxima del transporte (idéntico al que perdió). Pero buscó gente con experiencia.
      Claro que en La Paz Arcuatiana había poca gente con experiencia en exploración, y ninguna estaba disponible; aparte de que todos conocían su fracaso anterior. Así que tuvo que poner un anuncio de alcance global.
      Tardó un año en completar su grupo de expedicionarios, incluyendo cinco del grupo anterior; era evidente que, ahora sí, tenían experiencia.
      Contaba con dos expertos conductores y una bióloga especializada en alimentos. Así podrían alimentarse de lo que hallaran por el camino.
      Doña Celia lo despidió con lágrimas en los ojos. Aunque, a espaldas de Luis, ya había encontrado un sustituto.
      Corría ya el año 1599. Luis avanzó hasta el norte, esta vez evitando los pantanos y la selva todo lo que pudo. Llegó a las colinas donde tuvo el encuentro con los loboleones.
      Esta vez pudo atravesar las lomas y las sabanas de las llanuras que siguieron durante dos meses.
      Avanzaban despacio, porque la bióloga Marta Feliguerra insistía en estudiar las plantas y animales pequeños que encontraban. Reportó veintitrés especies nuevas, de las que quince resultaron ser comestibles; más aún, cinco variedades de animales (pájaros y roedores) y seis plantas (frutas y raíces) eran deliciosas y se incorporaron a la dieta de los exploradores. Pero perdían mucho tiempo en los análisis.
      Llegó 1600 y dieron con el primer grupo de nativos desconocidos.
      El encuentro fue como tantos otros en Bistularde. Eran pacíficos, amigables y pudieron usar un traductor después de varios días de balbuceantes charlas con gestos de todo tipo.
      Un nativo, de nombre G'Joirt, les habló del jefe D'Oros. En cuanto dispusieron de una traducción operativa, Luis escuchó de sus labios la leyenda D'Oros.
      No quedaba claro si D'Oros era el nombre de la tribu, del jefe, o del dios mítico. Pero lo de pintarse de color dorado era muy significativo.
      G'Joirt no quiso dar más detalles, pese a la insistencia de Luis. Sólo supo decir que en una mano doble de años (diez), habría un nuevo D'Oros.
      Los expedicionarios no quisieron esperar. Tras largas discusiones, acordaron dejar a Luis con equipo suficiente, viviendo con los dorados (nombre que dieran a los nativos).
      Los demás volvieron a La Paz.
      Doña Celia tuvo que conformarse con Hober, el sustituto de Luis.
      Entre los dorados, Luis se acostumbró a la vida primitiva. Notaba que lo apreciaban en gran manera, y tardó en darse cuenta de era debido a su color de piel, moreno claro que para los nativos era casi dorado.
      Le sugirieron ser jefe, pero Luis se negó. Primero debía aprender las costumbres nativas, antes de atreverse a dirigirles.
      Pero sí aceptó formar trío con dos mujeres nativas, dos jóvenes fogosas.
   
Pasaron los diez años, la doble mano, y Luis asistió a la ceremonia de coronación del nuevo líder. D'Oros sería su nombre, como siempre, olvidando el que tenía desde nacer.
      En todos esos años, Luis había esperado ver algún objeto de oro, siquiera un objeto ceremonial, y le extrañaba no ver nada. Esperaba que al menos en la ceremonia tenía que usarse, por pura lógica. Si se cubría de oro al nuevo jefe…
      Desnudo como todos los demás, la piel casi dorada de Luis destacaba entre los tonos azules del resto. Vio como el sacerdote llevaba un bote de arcilla junto al nuevo jefe. El bote tenía tonos dorados, pero era de arcilla, eso sin duda.
      Con un pincel hecho con hojas, el sacerdote pintó al nuevo jefe con lo que era una pintura dorada.
      Luis le preguntó, en voz baja, a una de sus compañeras por la pintura.
      —La elabora con würtine —explicó. Hablaban sin usar el traductor, ya sin baterías, pero innecesario.
      Luis tardó un rato en averiguar que würtine era un fruto no comestible, cuya pulpa daba un tinte dorado. Sólo se usaba en la ceremonia del D'Oros y su tinta se iba con el tiempo, pero eso no importaba porque Klimé ya habría reconocido a un nuevo D'Oros.

Tres manos de años después, se nombró D'Oros al extranjero. La tinta del würtine se mantuvo años y años en su piel, demostrando que era un D'Oros auténtico.
      El nacido Luis Lopaguirre, ahora D'Oros, apenas se comunicó con La Paz para avisar a Celia Alcántara que se había quedado con los dorados.
      Doña Celia no lo echaba de menos, gracias a las caricias de Hober y de Olianda, una nativa que trabajaba en la casa.
      La leyenda de D'Oros no se publicó, pues contenía detalles escabrosos como una mención al incesto y otras cuestiones no aptas para menores.

11 junio 2016

Café

Según las creencias de los güaterines, Gelbrania creó el mundo y luego a los humanos. En aquel tiempo, sólo existían los días, no había noches; el Sol estaba siempre en lo alto aunque no daba tanto calor.
Pero Kildren, su pareja, protestó ante Gelbrania. Necesitaba oscuridad para que no se viera cuando hacía algo malvado.
Gelbrania entendió sus razones y creó la noche. Durante doce horas al día, Kildren tendría la oscuridad que le hacía falta.
Ahora fueron los humanos quienes se quejaron. Antes podían dormir cuando quisieran, pero ahora debían hacerlo durante la noche. Sin embargo, algunos debían vigilar las acciones de Kildren, y ahora no podían hacerlo pues estaban cargados de sueño.
Gelbrania no hizo caso de los humanos y fue Kildren quien les regaló el café. Tomándolo, podían aguantar por las noches sin dormirse y así vigilar.
Así pues, según los güaterines, el café es un regalo de Kildren a la humanidad. Pero para los güaterines, no hay dioses buenos ni malos. Así pues, cabe preguntarse: el café, ¿es una bendición o una maldición?

24 abril 2016

PASAJES DEL LIBRO DEL GÉNESIS CENSURADOS

Yaveh creó al hombre y a la mujer. Y los creó iguales. Al hombre le puso por nombre Adán y a la mujer Lilith…
Y fue Adán a quejarse a Yaveh. «La mujer es mi igual, y no me obedece», dijo. «Puede yacer con quien quiera, con cualquiera de los seres celestiales, porque le gusta hacerlo». «Sólo tiene los hijos que desee tener, y los tiene cuando desea hacerlo, sin dolor».
Yaveh habló con Lilith. «El hombre se queja de que tú no le obedeces». «Soy su igual», dijo ella, «y no le pido a él que me obedezca, luego tampoco he de obedecerle yo. Soy libre de hacer lo que yo quiera».
Lilith se fue del Paraíso, y fue libre para siempre, pues Yaveh la había hecho eterna, como al hombre.
Yaveh se mostró muy disgustado. Durmió al hombre y le quitó la vida eterna. «Sólo vivirás el tiempo que yo decida», dijo Yaveh.
Y con la costilla de Adán, Yaveh hizo otra mujer. La llamó Eva, y le dejó un precinto de garantía para poder saber cuando yaciera con un hombre por primera vez, y que ese hombre también lo supiera.
Adán comprobó que Eva tenía precinto, y supo así que él era el primero en yacer con ella. Y le pareció que era bueno saberlo.
Y Eva le obedecía siempre que él le daba una orden.
De Lilith ya no se supo más.

09 abril 2016

Honderos

Tulio Sixto Nerón sabía muy bien que los honderos baleares eran temibles. No en vano habían logrado hundir su propia galera con sus certeras y potentes pedradas.
      Él se salvó gracias a la intervención de los otros. Los mismos que habían salvado a Tulet y dejado morir a todos los legionarios y esclavos de su navío.
      Ahora, se encontraba frente a una nueva remesa de honderos. Tulet les expondría los detalles prácticos, pero a él le tocaba explicar la situación.
      —Bienvenidos a bordo. Han sufrido ustedes una fuerte impresión y mi deber es decir qué es lo que ha sucedido. Me llamo Tulio Sixto Nerón y soy aquí tan prisionero como ustedes, aunque yo sea romano y ustedes baleares. Nadie puede aquí volver con los suyos, ni a Roma ni a las Gimnesias, por ejemplo. Estamos en una nave del futuro, una nave que viaja entre los mundos y, como podrán suponer, nos han capturado para que luchemos por ellos. No hay alternativa, eso lo puedo jurar por Neptuno, pues yo mismo intenté dejarme morir de hambre y unos seres metálicos, a los que llamo homúnculos, me obligaron a comer. Por otro lado, aquí no hay armas letales, salvo las que se usan para combatir contra otras naves.
      »Y aquí es donde entran ustedes. Tulet les dirá cómo usar las armas, no muy diferentes de vuestras hondas, ya lo verán. Sólo que no las tocarán. Es una magia que ni yo mismo, educado en Roma por Lidio Argento, puedo entender.
      »Bienvenidos al futuro, honderos de Mallorca.

08 abril 2016

Tres microrrelatos

LA LISTA

—¡No me lo puedo creer! —dijo.
      Miró la lista una y otra vez.
      No estaba en ella.
      Por tanto, debía desaparecer.
      Y desapareció.
     


LA ESPERA

—Debe usted esperar aquí —le dijeron, indicando un asiento muy cómodo.
      Han pasado 385 años y aún sigue esperando.
         


ATERRIZAJE

—Señores pasajeros, estamos a punto de aterrizar, así que aseguren los cinturones de seguridad y agárrense bien los machos.
      El avión desplegó sus enormes patas de aterrizaje y se posó en diez metros de pista.

28 enero 2016

Nueva historia de Draco

No es frecuente que una planta tenga nombre, pero Draco lo tiene. Tal vez porque es un drago, nombre científico Dracaena draco. No es un árbol, pero lo parece. Es viejo, aunque no tanto como aquel otro espécimen que dicen los humanos tiene dos mil años de edad.
      La vida de Draco empezó de forma muy azarosa. Un mirlo comió los frutos anaranjados y riquísimos que daba una planta (su madre y su padre). Volando, el pájaro decidió expulsar lo que le sobraba, como hacen las aves. La deposición cayó en suelo fértil, y una semilla germinó, bien abonada.
      Draco comenzó sus días en peligro. Una diminuta mata, fácil de confundir con la hierba y con el riesgo de que cualquier animal la devorara; o simplemente la aplastara al pasar. Pero tuvo suerte y creció. Llovió y la tierra absorbió el agua. Algún caracol comió parte de sus escasas hojas, pero no le hizo un daño permanente.
      Cuando ya medía dos palmos de altura, apareció otro peligro, que Draco ignoraba. Un grupo de humanos había decidido construir un edificio en la tierra donde estaba Draco. Llegaron los tractores, pero uno de los operarios vio al pobre drago entre la hierba y pidió que lo salvaran.
      Otros humanos cortaron la tierra alrededor de Draco y lo pusieron en una maceta. Lo llevaron lejos, a un lugar donde había muchas plantas en macetas, casi todas jóvenes. Algunas eran dragos como Draco, otras eran pinos, madroños, loros, brezos…
      Fueron días de buen alimento, abono cuando hacía falta, riego abundante, cambiar de maceta cuando se le hacia escasa la tierra.
      Días que terminaron cuando llevaron a Draco a otro lugar. Lo sacaron de su maceta, otra vez estrecha, y lo plantaron en tierra. Lo regaron varias veces pero con el tiempo, Draco tuvo que buscarse los nutrientes como cualquier planta. Sus raíces crecían buscando el agua y los minerales, sus hojas captaban el gas carbónico del aire, dando oxígeno a cambio.
      Draco creció y creció. Hubo épocas de poco agua, en los que crecía menos; hubo épocas de bonanza e incluso hubo algún momento en que el agua fue excesiva y algunas raíces se pudrieron.
      Hasta entonces, Draco había crecido hacia arriba. Pero llegó el momento de florecer. Muchas flores dieron frutos, bayas amarillas que cayeron al suelo donde fueron devoradas por los mirlos y los gusanos.
      Draco echó cinco ramas. Ya no crecía sólo hacia arriba, ahora se abría hacia los lados. Sus cinco ramas se desarrollaron más y más.
      Vino otro momento de florecer. Ahora no era un solo racimo, eran cinco los racimos de flores, luego frutos. Draco era digno de admiración por la gente que vivía en la casa vecina, en medio del jardín con rosas, palmeras e incluso limoneros.
      Tras la floración, nuevas ramas. Y empezaron s surgir brotes que desde arriba buscaban el suelo, para tener más apoyo.
      Los humanos de la vivienda tuvieron que irse. La casa cayó en la ruina y alguien decidió que, en su lugar, se construiría un centro comercial. El jardín sobraba.
      Los limoneros, rosales y palmeras cayeron bajo el hacha, pero Draco se salvó una vez más.
      Llegaron las máquinas y excavaron alrededor de Draco. Lo subieron en un enorme camión y se lo llevaron a un lugar parecido al de años atrás: había plantas jóvenes de muchas especies, incluyendo draguitos, pero también dos plantas viejas, como Draco, con maderas alrededor sirviendo de muletas.
      Meses más tarde, Draco volvió a ser llevado en un camión. Encontraron un lugar para él, un sitio rodeado por coches ruidosos que emitían gases, pero la tierra era buena. Le dejaron sus muletas de pino viejo.
      Draco sintió que sus raíces buscaban nuevos nutrientes, mientras crecían libres otra vez. Con el tiempo, le quitaron los soportes de pino y creyó que de nuevo podría crecer tranquilo.
      Pero no fue así: por allí pasaban humanos de todo tipo. Un grupo de pequeños se colgaron de una de sus ramas, la cual no soportó el peso y se rompió. Los pequeños humanos salieron corriendo, asustados por lo que habían hecho.
      Otros humanos rajaron su corteza para dejar sus iniciales, o para sacarle la savia y usarla en alguna medicina. Incluso uno intentó quemarlo, pero no lo consiguió por la intervención de otros humanos (y porque ese año la corteza estaba húmeda por la abundante lluvia).
      No sólo la gente, a veces el tiempo también hacía daño. Un temporal repitió lo que habían hecho los niños y de nuevo otra rama se partió. Draco quedó desequilibrado, con más peso de un lado que del otro y hubo que ponerle soportes permanentes para que no se partiera.
      Pero el «Drago de la rotonda» ya no está solo. Han traído pequeños dragos, aún sin florecer, que le hacen compañía en el lugar.
      Y tiene otros compañeros, animalitos que han descubierto un agujero en su corteza y han hecho sus moradas en el interior. A veces roen por dentro, pero Draco los deja, pues así es la vida. Algún día caerá por completo, tal y como ya ha perdido dos ramas.
      Llega de nuevo el momento de florecer, y las flores se convierten en frutos. Las bayas amarillas caen y sirven de alimento a mirlos y ratones. Y algún humano recoge las semillas para plantarlas en vasos de yogur; con suerte, algún hijo de Draco nacerá y crecerá en otro lugar de la isla.
      Como viene sucediendo desde tiempos inmemoriales.